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‎4 Iyyar 5777 | ‎30/04/2017

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“El prestamista (The Pawnbroker)” (1964), de Sidney Lumet (EE.UU.)

FILMOTECA, CON DANIELA ROSENFELD – Guion: David Friedkin y Morton Fine, basado en la novela de Edward Lewis Wallant. Reparto: Rod Steiger, Geraldine Fitzgerald, Brock Peters, Jaime Sánchez, Thelma Oliver, Marketa Kimbrell, Baruch Lumet, Juano Hernandez, Linda Geiser, Nancy R. Pollock, Raymond St. Jacques. Premios: Bafta al mejor actor extranjero (Rod Steiger). Oso de Plata Festival de Berlín a Rod Steiger, premio de la crítica

La filmografía de Sidney Lumet es uno de los casos singulares en los que el realizador aparece unido a un tipo de cine muy comprometido y, aunque el producto final de su trabajo sea desigual y no siempre logre la misma brillantez, no cabe duda de que Sidney Lumet es un director de referencia cuya trayectoria cinematográfica resulta no solo interesante sino de cierta altura.
El prestamista (1964) no es una de las películas más conocidas de Lumet, aunque en su momento llegó a conseguir varios premios por la fabulosa interpretación de Rod Steiger, quien incluso llegó a estar nominado al Oscar. Y puede que el motivo de este olvido se deba a la dureza de su planteamiento. Es cierto que Lumet siempre ha planteado tramas muy críticas, duras y sin concesiones, propias de un modo de hacer cine muy de aquella época.
El protagonista absoluto de la película es Sol Nazerman, cuya interpretación corre a cargo de Rod Steiger, un judío afincado en Nueva York que regenta una tienda de empeños. Nazerman es un hombre gris, vacío e infeliz, debido fundamentalmente a que se trata de un hombre marcado por un pasado dramático: una víctima del holocausto cuyas cicatrices nunca se curaron.
Al comienzo de la película vemos una escena rodada a cámara lenta que nos retrotrae, como una evocación o una pesadilla, al momento en el Sol Nazerman dejó de ser un feliz padre de familia para ser capturado por los nazis y enviado a un campo de concentración. Son pocos los momentos de la película en los que el protagonista recuerda los turbios y desagradables momentos que pasó en el campo, pero suficientes para comprender que allí lo perdió todo: a sus hijos, a su mujer, a sus amigos y, sobre todo, a sí mismo, ya que el trauma que le provocó lo convirtieron en un ser sin vida, y lo que es aún peor, sin ninguna esperanza en el género humano y sin deseo alguno de seguir viviendo.
Son pocos los momentos en los que vemos al protagonista con su familia, pero los escasos planos muestran, casi sin palabras, que el protagonista está en medio de un naufragio personal. El único espacio en el que parece olvidar un poco su condición es su oscura tienda de empeños, en el barrio de Harlem, un lugar lúgubre en el que la delincuencia, las bandas juveniles o la prostitución son claramente visibles y acrecientan esa sensación que abruma al prestamista. El prestamista es un retrato de la soledad más rotunda, pues se trata de una soledad autoimpuesta, no tanto como penitencia, sino como el sentimiento de que, pase lo que pase, nada importa. El escepticismo de Nazerman es desolador. Es un superviviente del holocausto convertido en muerto viviente, algo que su padre enfermo le reprocha en una de las escenas al decirle: “Yo también estuve en Auschwitz, pero salí vivo. Tu saliste muerto”. Y a continuación le recrimina: “Un superviviente cobarde, ¿merece la pena? Sin amor, sin compasión ni piedad. ¡Sol Nazerman, sólo eres un cadáver que se mantiene en pie!”.