Image Image Image Image Image Image Image Image Image Image

‎11 Kislev 5779 | ‎19/11/2018

Scroll to top

Top

“Hannah Arendt” (2012), de Margarethe von Trotta (Francia, Alemania, Luxemburgo, Israel)

“Hannah Arendt” (2012), de Margarethe von Trotta (Francia, Alemania, Luxemburgo, Israel)

FILMOTECA, CON DANIELA ROSENFELD –

Reparto: Janet McTeer, Julia Jentsch, Nicholas Woodeson,Barbara Sukowa, Ulrich Noethen, Axel Milberg, Claire Johnston, Michael Degen, Victoria Trauttmansdorff, Klaus Pohl. Premios: Premio Lola a la mejor actriz por Barbara Sukowa y Lola Plata a la mejor película, Deutscher Filmpreis. Mejor Actriz de Reparto por Barbara Sukowa, Premios del Cine Bávaro. Mejor Película, Espiga de Plata, Seminci de Valladolid

Uno de los aciertos de la película Hannah Arendt es la de descartar de plano la idea de un biopic de la célebre filósofa alemana, que indudablemente hubiera minimizado su obra. Margarethe von Trotta no pretende abarcar toda la vida del personaje, sino sólo una época de su vida, uno de los momentos más determinantes, los cuatro años (1961-1964) durante los cuales Arendt cubrió el juico del criminal de guerra nazi Adolph Eichmann en Jerusalén para la revista The New Yorker. Nacida en Hannover, Alemania, en 1906, judía y exiliada política, Arendt (interpretada en el film por Barbara Sukowa) hacía ya mucho tiempo que vivía y trabajaba como docente universitaria en Nueva York cuando se entera de que Eichmann es secuestrado en Argentina por el servicio secreto israelí y llevado a juicio en Jerusalén. Cansada de su rutinaria vida académica y de los cocktail-parties de Manhattan, le propone al editor de la famosa revista (por entonces el órgano de expresión por antonomasia de la intelectualidad estadounidense) viajar a Israel y cubrir el juicio para la publicación.
El material dramático de la película es fascinante. El hecho de que en las primeras notas para la revista, que luego fueron también los primeros capítulos del libro posterior (Eichmann en Jerusalén), Arendt, que también era sionista, les impute a los Judenrat (los Consejos judíos) una dosis considerable de colaboracionismo frente a Eichmann, de acuerdo con los datos que surgieron del juicio mismo, provoca una airadísima reacción no sólo de la comunidad judía neoyorquina sino también de muchos de sus colegas universitarios, que le hicieron el vacío y la empujaron al aislamiento. Ese choque entre el mundo exterior y el interior se resuelve en la película cuando ella se refugia en la comprensión y el cariño de su marido (Axel Milberg) y cuando recuerda su temprano amorío y posterior decepción con Heidegger.
Margarethe Von Trotta es posiblemente una de las miradas más importantes para entender la Alemania de entreguerras y la Segunda Guerra Mundial. Hija de la generación cuyos padres siguieron a Hitler, su mirada se dirige generalmente a dos temas: el terrorismo de extrema izquierda que desgraciadamente sacudió su país en los años 70 y la reflexión sobre la historia alemana en determinados personajes históricos no tan conocidos por el público, como Rosa Luxemburg. Y al igual que Hannah Arendt, se ha especializado en intentar comprender y explicar la historia alemana, sin justificar sus males: en la película profundiza en el mismo tema. Con esta película, Margarethe Von Trotta acaba su trilogía de las mujeres (Rosa Luxemburg, Rosenstrasse y Hannah Arendt) que influyeron de alguna manera en una forma de entender el mundo, Alemania y la humanidad. Siempre desde el humanismo y la reflexión, tratando de explicar y entender los acontecimientos más relevantes de la historia. Sin extremismos, sin gritar, con miradas agudas y acertadas sobre temas que generalmente no suelen ser tratados así.
¿Cómo se filma el pensamiento?”. Ese escollo es el mayor desafío de la película y del cual, sale airosa, no sólo por una puesta en escena que gradualmente va involucrando la capacidad del espectador para ejercer su propio discernimiento, sino también por el estupendo trabajo de Sukowa que logra mimetizarse con su personaje. Menos es más, parece su consigna, mientras su Arendt se echa en un sofá a fumar, a pensar. A pensar, por ejemplo, cómo “resolver el dilema entre el execrable horror de los hechos y la innegable insignificancia del hombre que los había perpetrado”.