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‎1 Nisan 5777 | ‎28/03/2017

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“La banda nos visita (Bikur Ha-Tizmoret)” (2007), de Eran Kolirin (Israel – Francia)

“La banda nos visita (Bikur Ha-Tizmoret)” (2007), de Eran Kolirin (Israel – Francia)

FILMOTECA, CON DANIELA ROSENFELD –

Guion: Eran Kolirin. Reparto: Sasson Gabai (Tewfiq), Ronit Elkabetz (Dina), Saleh Bakri (Haled), Khalifa Natour (Simon), Imad Jabarin (Camal), Tarak Kopty (Iman), Hisham Khoury (Fauzi), François Khell (Makram), Eyad Sheety (Saleh), Shlomi Avraham (Papi). Premios: Festival de Cannes: FIPRESCI (sección “Un Certain Regard“). Festival de Valladolid – Seminci: Mejor director novel, Mejor guión. Festival de Tokyo: Mejor película. Academia de Cine Israelí: Mejor película, Mejor actor, Mejor actriz, Mejor director. Premios del cine Europeo: Mejor actor (Sasson Gabai) , Descubrimiento europeo.

“La banda nos visita” cuenta la historia de una banda de músicos egipcios que viajan a Israel a dar un concierto. Por un error con el nombre del pueblo, acaban en un destino distinto al que tenían previsto ir, en un pequeño pueblo en pleno desierto del Neguev en el que nunca pasa nada. Mientras esperan que el error se subsane y alguien los vaya a buscar, se relacionan con los habitantes del pueblo, que les hacen partícipes de su rutina diaria. La película tiene un tono de comedia ligera y amable. La parte inicial transcurre casi sin diálogos, apoyándose únicamente en lo extravagante de la situación, y unos personajes callados que miran asombrados a su alrededor, a un pueblo todavía más callado, que sin embargo los recibe con los brazos abiertos, ofreciéndoles incluso alojamiento, mientras tienen que esperar al autobús que los llevará al lugar correcto. Es precisamente en ese intercambio cultural donde la película consigue sus mejores momentos y alcanza cotas de gran altura, gracias a detalles pequeños, sutiles, pero enormemente significativos. Eran Kolirin no recurre a tópicos sobre las diferencias políticas entre ambos países, simplemente esboza un acercamiento entre personas de culturas separadas, para hablarnos sobre el entendimiento humano y sobre la comprensión, a través de la música y del amor en la vida de unos personajes solitarios, cuyas vidas cambian un día por un error. Es destacable la forma en la que Kolirin acerca a los personajes y cómo éstos intercambian vivencias y experiencias, eso sí, todo enmarcado con un incómodo silencio, siempre roto por la música, su nexo de unión. Las conversaciones entre los distintos miembros de la banda y los lugareños no tienen desperdicio en ningún caso, aunque hay dos momentos que son especialmente destacables: la opinión de uno de los habitantes sobre la obra incompleta de uno de los músicos y la ayuda que ofrece el ligón de la banda a uno de los lugareños para cortejar a una chica (momento éste que transcurre sin palabras en una sala de patinaje musical y que es absolutamente desternillante y emotivo).
Kolirin demuestra una gran capacidad para provocar emociones y carcajadas sin caer en el chiste burdo o fácil. Y a ello contribuye no sólo el meritorio trabajo del director y guionista, sino también un elenco de actores en verdadero estado de gracia, especialmente Sasson Gabai y la recientemente desparecida Ronit Elkabetz, que dan vida respectivamente al director de la banda egipcia y a una mujer, dueña de un pequeño restaurante, con la que el primero establece una curiosa relación, totalmente alejada de tópicos. La química es palpable, dos seres solitarios, uno por la pérdida de seres queridos, y otra por amar a hombres que nunca se quedan a su lado: una mujer madura y sin hijos, pero que tiene mucho que ofrecer a todo aquel que llama a su puerta. No duda un solo instante en ofrecer hospitalidad a ese grupo de hombres perdidos lejos de su hogar y de su destino.
Las palabras del propio realizador resumen la clave del filme. “Hemos trocado el amor auténtico por el sexo de noche única; el arte por el comercio; y el contacto humano, la magia de la conversación, por la cuestión de cuán grande es el trozo de pastel que podemos agenciarnos”. Por esas mismas razones, su ópera prima es una auténtica delicia y se erige como contundente apología de las cosas sencillas y la hospitalidad.