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‎26 Shevat 5777 | ‎21/02/2017

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Sefarad: exilio y clandestinidad (2ª parte): los sufrimientos de la Expulsión

Sefarad: exilio y clandestinidad (2ª parte): los sufrimientos de la Expulsión

MILÍM: LA HISTORIA DE LAS DIÁSPORAS, CON ALICIA BENMERGUI – El historiador Joseph Pérez en “Los Judíos en España” relata que Bernáldez un testigo de la época cuenta que “llegó por fin el momento cruel en que tuvieron los judíos que salir de la patria en la que habían vivido durante siglos… Salieron de las tierras de sus nacimientos chicos y grandes, viejos y niños, a pie y caballeros en asnos y otras bestias, y en carretas, y continuaron sus viajes cada uno a los puertos que habían de ir, iban por los caminos y campos por donde iban con muchos trabajos y fortunas; unos cayendo, otros levantando, otros muriendo, otros naciendo, otros enfermando, que no había cristiano que no hubiese dolor de ellos y siempre por do iban los convidaban al bautismo y algunos, con la cuita, se convertían y quedaban, pero muy pocos, y los rabíes los iban esforzando y hacían cantar a las mujeres y mancebos y tañer panderos…”. Aquí continuamos con el relato de Pérez: “Isaac Abravanel había dedicado casi todo su tiempo a organizar la salida, contratando barcos, con la colaboración de un funcionario real, Luis de Santángel y el del banquero genovés Francisco Pinelo. En algunos casos, los reyes dieron órdenes para que se protegiera a los judíos hasta la frontera o hasta el lugar de embarque. También en aquel trance doloroso fueron expuestos los judíos a vejaciones y extorsiones de toda clase. Todos los gastos corrían a cargo de los expulsados. Viajes, manutención, flete de los barcos, derechos de paso […] Contrataban a precios muy elevados navíos cuyos dueños luego no cumplían el contrato; otros patrones asesinaron a los que llevaban para robar lo poco que poseían”. Pérez considera que los datos de los judíos que salieron son muy imprecisos porque algunos volvieron tan duras las condiciones en que fueron recibidos y al hacerlo debían convertirse.
El historiador sostiene que “la expulsión y las condiciones en las que se llevó a cabo fueron espantosas y suscitan la repulsión; al fin y al cabo, eran españoles los expulsados; España era su patria, la tierra en la que vivieron sus antepasados, muchos de ellos desde antes de la era cristiana”. En 1492 termina, pues, la historia del judaísmo español, que sólo llevará en adelante una existencia subterránea, siempre amenazada por el aparato inquisitorial y la suspicacia de una opinión pública que veía en judíos, judaizantes e incluso conversos sinceros a unos enemigos naturales del catolicismo y de la literatura.
Una de las características predominantes de los judíos hasta este momento de la historia ha sido su tenacidad, su terquedad y su vitalidad para continuar con su existencia atravesando los milenios, pese a todas las persecuciones y las tragedias que han marcado su devenir. La historia del judaísmo sefardí es una de las pruebas más evidentes de esos rasgos comunes a las diversidades que componen la totalidad del Pueblo Judío, en toda su complejidad. El apego a la identidad subsistió a los dos exilios: el interior (el de aquellos que se quedaron ocultando sus verdaderas creencias y costumbres, siempre con la amenaza de la espada de Damocles representada por los tribunales de la Inquisición) y el otro (la tragedia de abandonar todo lo que se había tenido y amado, la capacidad y posibilidad de hallar un refugio seguro para poder continuar con sus vidas), los asesinatos, los despojos y las diferentes expulsiones que padecieron gran parte de esos judíos hasta poder vivir cierto grado de existencia pacífica. Una parte importante de ellos progresaron, hicieron fortuna y fueron importantes protagonistas de los cambios que la modernidad produjo en Occidente. Otros, la gran mayoría, encontraron acogida dentro de las fronteras de Portugal por corto tiempo, en África del Norte y en el Imperio Otomano en los primeros siglos posteriores a la Expulsión, con suerte diversa. A mediados del siglo XIX los vemos como emigrantes buscando destinos mejores, y en el siglo XIX vuelven a padecer el dolor de las persecuciones y la expulsión en los países musulmanes tanto en África del Norte como en el Medio Oriente. La gran tormenta asesina del nazismo también terminó con sus vidas, como con las de sus hermanos ashkenazíes, y también ellos son protagonistas de la creación del Estado de Israel.