FUERA DE FOCO, CON BRYAN ACUÑA – Las elecciones israelíes de 2026 se desarrollarán bajo la influencia directa de las consecuencias políticas y estratégicas del 7 de octubre y de las guerras posteriores. Más que una competencia tradicional entre izquierda y derecha, el proceso plantea interrogantes sobre liderazgo, seguridad, gobernabilidad y capacidad para transformar los logros militares en resultados políticos sostenibles. Gaza, Líbano, la relación con Estados Unidos, el reclutamiento ultraortodoxo y la formación de futuras coaliciones serán piezas centrales de esta disputa.
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Más que un plebiscito sobre Netanyahu. La elección girará alrededor de su continuidad, pero también juzgará el modelo político construido durante sus gobiernos. Seguridad, Gaza, relación con Washington, reclutamiento ultraortodoxo y cohesión interna forman parte de la discusión.
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Cambio de gobierno no significa giro a la izquierda. Eisenkot, Bennett y Lieberman pueden atraer votantes que mantienen posiciones firmes en seguridad, pero quieren otra conducción política. La disputa puede ser entre continuidad y reorganización dentro de un consenso estratégico relativamente amplio.
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Gaza plantea una paradoja para Netanyahu. Necesita reivindicar resultados militares sin declarar desaparecida la amenaza. Una victoria absoluta debilitaría parcialmente su argumento de continuidad; una guerra sin desenlace claro permitiría cuestionar dónde está el “día después”.
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Los 15 puntos de Trump tienen una doble lectura. Existen diferencias estratégicas reales sobre desarme de Hamás, retirada, verificación y administración de Gaza. Pero Netanyahu también debe protegerse electoralmente frente a Smotrich, Ben Gvir y otros sectores situados a su derecha.
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Smotrich y Ben Gvir condicionan, pero no controlan completamente a Netanyahu. Su influencia depende fundamentalmente de la aritmética parlamentaria. Son aliados necesarios, competidores por el voto de derecha y factores de presión cuando la diplomacia exige concesiones.
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Líbano puede convertirse en la prueba de que una campaña militar puede producir resultados políticos. El objetivo sería vincular presión sobre Hezbolá, desarme, fortalecimiento del Ejército libanés y retirada progresiva israelí. El mecanismo existe, pero todavía falta demostrar que puede consolidarse.
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Eisenkot puede disputar el terreno de la seguridad sin representar un giro hacia la izquierda. Su trayectoria militar le permite cuestionar a Netanyahu desde dentro del consenso estratégico israelí. La diferencia estaría menos en utilizar o no la fuerza que en cómo convertirla en resultados políticos sostenibles.
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El reclutamiento ultraortodoxo puede decidir coaliciones. No posee la carga emocional de Gaza, pero después de una prolongada movilización de reservistas se ha convertido en una discusión sobre distribución de las cargas nacionales. Netanyahu debe equilibrar su alianza con los partidos haredíes y el malestar de sectores seculares y militares.
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El 7 de octubre tendrá dos narrativas electorales. Netanyahu buscará que el electorado valore la respuesta militar posterior al ataque. Sus adversarios intentarán centrar la discusión en las decisiones y fallos que permitieron que ocurriera. La disputa será entre “cómo respondió Israel” y “por qué ocurrió”.
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Los 61 escaños pueden ser más importantes que quién quede primero. Si ningún bloque obtiene mayoría, Bennett, Lieberman y los partidos ultraortodoxos pueden convertirse en árbitros. Gobierno de unidad, coalición anti-Netanyahu, acuerdos con partidos religiosos o nuevas elecciones permanecerían como posibilidades.
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La cuestión de fondo es la etapa posterior a la guerra. Netanyahu intentará presentar Gaza, Líbano e Irán como pruebas de que su experiencia sigue siendo necesaria. Eisenkot y sus aliados buscarán demostrar que la superioridad militar pierde parte de su valor si no consigue transformarse en estabilidad política y seguridad sostenible.
El resultado electoral no dependerá únicamente de quién obtenga más escaños, sino de quién consiga construir una mayoría capaz de gobernar. Netanyahu intentará presentar la transformación del escenario regional como argumento para la continuidad, mientras Eisenkot y otros sectores buscarán demostrar que Israel necesita una conducción diferente para administrar la etapa posterior a la guerra. La discusión de fondo será, por tanto, menos sobre abandonar la actual doctrina de seguridad que sobre quién puede convertir la superioridad militar israelí en estabilidad política y estratégica.




