Lebensraum 2.0 y la nueva cuestión alemana

FUERA DE FOCO, CON BRYAN ACUÑA – El crecimiento de Alternativa para Alemania, AfD, dejó de ser un fenómeno circunstancial de protesta. Su resultado cercano al 44% en Sajonia-Anhalt muestra una transformación política mucho más profunda, especialmente en Alemania oriental. Pero quizás lo más interesante no sea observar este fenómeno únicamente desde la política doméstica, sino preguntarnos por qué ocurre precisamente ahora. Alemania atraviesa una transformación estratégica. Está fortaleciendo la Bundeswehr, aumentando sus capacidades de defensa y recuperando una industria militar acorde con las nuevas necesidades europeas. Al mismo tiempo, la guerra en Ucrania, la amenaza rusa y las dudas sobre el compromiso estadounidense obligan a Europa a asumir una responsabilidad mucho mayor sobre su propia seguridad. Alemania, por tamaño económico, capacidad industrial y posición geográfica, inevitablemente ocupará un lugar privilegiado dentro de esa transformación. 

Aquí aparece una combinación interesante: mientras Alemania recupera instrumentos de poder que permanecieron limitados durante buena parte de la posguerra, una corriente nacionalista y euroescéptica adquiere un peso electoral que habría resultado impensable hace apenas algunos años. Esto no significa que AfD sea una reproducción del Partido Nazi ni que Alemania se encuentre ante un nuevo 1933. Tampoco existe actualmente dentro de AfD un equivalente al Lebensraum nacionalsocialista, entendido como conquista territorial, colonización de Europa oriental y expansión racial del Estado alemán. Hacer esa equivalencia impediría comprender las diferencias fundamentales entre ambos momentos históricos. Sin embargo, el poder del siglo XXI tampoco necesita necesariamente conquistar territorios. 

Robert Keohane y Joseph Nye explicaron mediante el concepto de interdependencia que los Estados pueden estar profundamente conectados sin depender unos de otros en la misma proporción. Cuando romper una relación resulta considerablemente más costoso para una parte que para la otra aparece lo que podemos denominar interdependencia asimétrica. Esa diferencia puede convertirse en una fuente de poder. Aplicado a Europa, Alemania no necesita controlar políticamente a sus vecinos para aumentar su capacidad de influencia. Puede hacerlo convirtiéndose progresivamente en un actor difícil de sustituir en industria, tecnología, cadenas de suministro, infraestructura, financiación y, eventualmente, defensa. Aquí surge lo que podríamos llamar provocativamente un Lebensraum 2.0, siempre guardando las enormes distancias históricas con el concepto original. No sería un espacio vital construido mediante conquista territorial. Sería un espacio de influencia sustentado en la dependencia. Alemania no necesitaría ampliar sus fronteras si determinados Estados europeos descubrieran que tomar decisiones económicas, industriales o estratégicas sin Berlín resulta progresivamente más costoso. 

Esto plantea además una paradoja para AfD. Aunque mantiene posiciones euroescépticas, un eventual gobierno nacionalista alemán podría descubrir que destruir la integración europea sería contrario a los propios intereses de Alemania. Una Alemania aislada tendría menos capacidad de influencia que una Alemania situada en el centro de un mercado continental y de las estructuras industriales y estratégicas europeas. El euroescepticismo podría entonces transformarse. No necesariamente abandonar Europa, sino intentar construir una Europa menos supranacional, formada por Estados formalmente soberanos, pero donde Alemania conserve una posición económica y estratégica privilegiada. 

Nada demuestra actualmente que AfD posea semejante estrategia. Estamos ante un ejercicio prospectivo, no ante la descripción de un programa partidario. Pero existe una cuestión que Europa debería considerar: las capacidades construidas por un gobierno pueden terminar siendo utilizadas por gobiernos posteriores con objetivos completamente diferentes. La respuesta tampoco consiste en desplazarse hacia el extremo ideológico contrario. El crecimiento de una derecha nacionalista radical no convierte automáticamente a las expresiones de extrema izquierda en una alternativa democrática. Alemania conoce, desde experiencias históricas diferentes, los riesgos de subordinar el pluralismo y las libertades a proyectos políticos que consideran sus objetivos superiores a los límites institucionales. 

El desafío está también en los partidos tradicionales. El Brandmauer, el cordón sanitario contra AfD, puede mantenerla fuera de determinados gobiernos, pero no explica ni elimina las razones por las cuales millones de alemanes están votando por ella. Inmigración, seguridad, crecimiento económico, energía, identidad y cohesión social seguirán alimentando alternativas radicales mientras las fuerzas tradicionales sean incapaces de ofrecer respuestas convincentes. Quizás esa sea la verdadera cuestión alemana que comienza a aparecer nuevamente en Europa. No debemos imaginar necesariamente tanques alemanes atravesando fronteras ni repetir mecánicamente las categorías de los años treinta. El escenario contemporáneo puede ser mucho más sutil. 

Alemania no necesita una Europa más pequeña para aumentar su poder. Podría descubrir que una Europa que la necesita resulta mucho más útil.

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