El ascenso del eje saudí-turco y el declive de la influencia emiratí

FUERA DE FOCO, CON BRYAN ACUÑA – El Mar Rojo y el Cuerno de África están viviendo un profundo reordenamiento geopolítico a partir de 2025-2026. Durante más de una década, los Emiratos Árabes Unidos (EAU) consolidaron una influencia significativa mediante una estrategia híbrida: inversiones en puertos estratégicos (como Berbera y Bosaso), entrenamiento y equipamiento de fuerzas locales, y apoyo a actores subestatales o secesionistas en Somalia, Sudán y Yemen. Este modelo de proyección indirecta aprovechó la fragilidad estatal para establecer enclaves logísticos y multiplicar su alcance sin compromisos formales de soberanía.

Sin embargo, este enfoque enfrenta ahora un contrapeso coordinado liderado por Arabia Saudita y Turquía, con apoyo de gobiernos como Somalia y Sudán. El giro se manifiesta en varias acciones concretas: tensiones en Yemen por el respaldo emiratí al separatista Southern Transitional Council; cierre del espacio aéreo saudí a vuelos militares emiratíes; y, en Somalia, la prohibición de tránsito militar hacia bases como Bosaso, acompañada de acuerdos con Riad y Ankara para control aéreo y patrullaje conjunto.

Eventos recientes refuerzan esta tendencia: la fractura interna en Somalilandia, con líderes de Awdal jurando lealtad al gobierno federal somalí, debilita las aspiraciones secesionistas que los EAU habían respaldado. El reconocimiento de Somalilandia por Israel generó condena en Mogadiscio, resaltando la sensibilidad de la soberanía territorial.

El nuevo eje saudí-turco prioriza la unidad estatal, la reintegración territorial y la cooperación multilateral, contrastando con el modelo emiratí de fragmentación funcional. Este cambio reduce el margen de maniobra de Abu Dabi, exponiendo las vulnerabilidades de depender de actores con legitimidad limitada.

En conclusión, la región transita de un orden basado en proyecciones indirectas a uno que privilegia Estados soberanos y cohesivos. Las rutas marítimas críticas del Mar Rojo se integran así en una arquitectura de seguridad más estructurada, con implicaciones profundas para el comercio global y las alianzas regionales.

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