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‎24 Heshvan 5780 | ‎22/11/2019

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“El hijo de Saúl”, oír y sentir Auschwitz

DE ACTUALIDAD – Este viernes 15 de enero se estrena en nuestro país El hijo de Saúl, del cineasta judeohúngaro Laszlo Nemes. Radio Sefarad estuvo presente en el pre-estreno de El hijo de Saúl propiciado por Centro Sefarad-Israel, la Embajada de Hungría en España, la distribuidora de cine Avalon, y el Círculo de Bellas Artes de Madrid escenario de la proyección.

Tras el pase de la película y el posterior coloquio coordinado por el cineasta Álvaro Brechner, pudimos hablar con el actor Géza Rohrig, -el ya inolvidable Saul Aüslander- y con Manuel Palos de Avalon, acerca de esta cinta ganadora del Globo de Oro a la Mejor Película Extranjera, candidata al Óscar…este nuevo, descarnado, puro y potente intento de representar cinematográficamente lo irrepresentable.

“Auschwitz, 1944. Saúl Ausländer es un prisionero húngaro que trabaja en uno de los hornos crematorios de Auschwitz. Es obligado a quemar todos los cadáveres de los habitantes de su propio pueblo pero, haciendo uso de su moral, trata de salvar de las llamas el cuerpo de un joven muchacho y busca a un rabino para poder enterrarlo decentemente. Saúl se aleja de los supervivientes y sus planes de rebelión para salvar los restos de este muchacho”.

En El hijo de Saúl, la Shoá se nos presenta en un borroso segundo plano o fuera del campo visual, evitando deliberadamente la profundidad de campo y las panorámicas generales. Seguimos sin descanso, sin tregua al protagonista, magníficamente interpretado por Géza Röhrig. Oímos, no vemos. “Ahí es donde nace el verdadero horror”, ha dicho Nemes. El director respeta, al menos visualmente, el mandato Lanzmann, la prohibición tácita de reconstituir lo que sucedía dentro de las cámaras de gas .

Nacido en Budapest en 1977 y formado en Francia hasta los 25 años, el director procede de una familia que perdió a varios de sus miembros en el Holocausto. La idea para la película, opera prima de Nemes, surgió cuando descubrió un libro que recogía los manuscritos enterrados por distintos trabajadores de los sonderkomandos, obligados a participar en la exterminación de sus hermanos judíos. Sabiéndose condenados a morir e impulsados por el deber de memoria quisieron dejar constancia de su paso por el campo. Lazlo Nemes no ha querido representar el Holocausto, sino la vida de los Sonderkommandos.

Cruda, dura, terrible, en la película el protagonista y los espectadores nos aferramos a la humanidad en el intento de enterrar  a un niño. El muchacho es o no un hijo, un hermano, un amor… salvar su cadáver de la incineración de los verdugos nazis es dar una sepultura digna a todas las víctimas. Respetar el rito de dar sepultura supone un último vestigio de humanidad en medio del infierno en la tierra.