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‎25 Av 5779 | ‎25/08/2019

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Obsolescencia

Obsolescencia

LA PALABRA – Hace años compre un móvil usado de dos años en buen estado, pero cuando lo encendía después de recargarlo, dejaba de funcionar casi de inmediato. El fabricante tuvo que reconocer que estaba programado para fallar después de un tiempo, para así propiciar la venta de modelos más avanzados. Es lo que se conoce como “obsolescencia planificada”. Sin llegar a esos extremos, cada vez resulta más difícil encontrar repuestos para que un producto siga funcionando.

Este término está vinculado a la industria, pero la naturaleza también suele plantearnos fechas de caducidad contra las que resulta imposible batallar. Aunque los futurólogos más optimistas hablan de un reservorio de órganos de reemplazo para cuando empiezan a fallar las “piezas” originales, la mayoría de ellos no son más que una ficción. ¿Seremos capaces de exportar nuestra memoria a un cerebro más fresco y abierto a seguir conociendo? Desde mi presente como habitante en la frontera de la Tercera Edad he aprendido que hay un momento en la vida a partir del cual no es que te “pase” algo que te produzca sufrimiento, sino que te “empieza a pasar”, que no es lo mismo.

¿A qué vienen estas reflexiones en unas páginas donde el judaísmo suele ser omnipresente? Pregunto: ¿hay una obsolescencia social o cultural? El registro histórico (arqueológico, gráfico, escrito o por otros medios) nos ha permitido conocer la existencia de grandísimos imperios, siglos gloriosos, civilizaciones muy avanzadas en comparación a otras contemporáneas, pero, hasta donde mi humilde conocimiento llega, tan sólo dos han logrado conservarse medianamente enteros: uno que implica hoy a la cuarta parte de la población mundial (China) y el otro (seguro que ya lo han adivinado) es una minúscula minoría dispersa por el orbe y cuyo relato fundamental es la capacidad de supervivencia (los judíos). No conozco lo suficiente la historia de la mayor potencia oriental, pero sí algo más de los segundos. ¿Acaso no hubiera sido lo lógico que una nación basada en una religión con unos textos que definen al detalle los rituales hubiera desaparecido (fundiéndose con las culturas dominantes) una vez destruida la “base operativa” esencial de todo que era el Templo? Fue sin duda una época de gran confusión que dio lugar a dos fenómenos igual de trascendentes: el nacimiento de una nueva religión (menos estricta, por ejemplo, en rituales como la circuncisión, la dieta o el descanso sabático) llamada cristianismo; y, por otro lado, una transformación interna como nunca antes ni después sufrió civilización alguna: sinagogas en lugar de un Templo, rabinos en lugar de sacerdotes, alfabetización universal en lugar de una casta letrada. Y, por supuesto, nuevos libros (Talmúd), preceptos más detallados, explicaciones, manuales, rituales sencillos (diez varones en lugar de un pueblo para rezar). Somos un gran ejemplo del espejismo de lo imposible: nos transplantamos de tierra, idioma y hábitos culturales para conservar un único “órgano” que nos identifica y define: la misión de reparar el mundo, aunque ya no se consigan repuestos.

Jorge Rozemblum

Director de Radio Sefarad