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‎11 Heshvan 5781 | ‎29/10/2020

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Camino a Occidente (24ª entrega): Lincoln y los judíos

Camino a Occidente (24ª entrega): Lincoln y los judíos

MILÍM: LA HISTORIA DE LAS DIÁSPORAS, CON ALICIA BENMERGUI – El viernes 14 de abril de 1865, un asesino fue al teatro Ford y disparó una bala en la cabeza de Abraham Lincoln. Estaba terminando la Guerra Civil, en la que unos 750.000 estadounidenses habían muerto. Poco tiempo antes, en un segundo discurso inaugural, Lincoln sugirió que la guerra había sido una especie de castigo “por el delito de la esclavitud”. Terminó con palabras de consuelo y exhortación: “Con malicia hacia ninguno, con caridad para todos, con firmeza en lo correcto cuando Dios nos da a ver lo correcto, luchemos para terminar el trabajo en el que estamos, para vendar las heridas de la nación”. El sufrimiento que la guerra le había generado estaba marcado en su cara. En los años intermedios, su rostro se había vuelto demacrado, sus ojos estaban cavados en su cráneo y su piel estaba arrugada por la edad y la tristeza. “Esta guerra me está comiendo la vida”, le dijo a un amigo. “Tengo la fuerte impresión de que no viviré para ver el final”. Luego fue asesinado. Para los judíos estadounidenses, la muerte de Lincoln se asoció con la festividad simultánea de la Pascua y con Moisés, quien había liberado a su pueblo de la esclavitud, pero no pudo llevarlo a la Tierra Prometida. Muchos se enteraron de la muerte de Lincoln por la mañana, mientras se dirigían a los servicios del sábado. Adolphus S. Solomons, un impresor y librero ortodoxo de Washington DC que había organizado el baile inaugural de Lincoln en 1861, señaló que “era el privilegio de los israelitas aquí, así como en otros lugares, ser los primeros en ofrecer en sus lugares de culto, oraciones por el reposo del alma del señor Lincoln”. En el Templo Emanu-El en Nueva York, la congregación se levantó como una al escuchar las noticias y recitó al unísono la oración conmemorativa del kadish. “Deberíamos considerar a Abraham Lincoln”, dijo el rabino Benjamin Szold de Baltimore, “como un hijo de Israel”. Otro elogio fue el de Lewis Naphtali Dembitz de Louisville, tío del futuro juez de la Corte Suprema Louis Dembitz Brandeis. El rabino Isaac M. Wise, de Cincinnati, que inicialmente se había burlado de la elección de Lincoln (“uno de los mayores errores que puede cometer una nación”) sólo para convertirse en un ardiente admirador (“el hombre más grande que jamás haya surgido de los lomos mortales”), afirmó que Lincoln le había confesado una vez que él era “hueso de nuestro hueso y carne de nuestra carne” y se suponía que era “un descendiente de la familia hebrea”.

Como no hay otra evidencia que respalde tal afirmación, Lincoln podría haber estado hablando metafóricamente. Pero sus antepasados incluían calvinistas de Nueva Inglaterra que llevaban nombres tomados directamente de la Biblia hebrea. Como los puritanos tendían a enfatizar la Escritura hebrea en general, aludiendo a su asentamiento en el Nuevo Mundo como un signo de la restauración de Israel, algunos aspectos de sus sentimientos de parentesco pueden haber pasado de generación en generación. Aunque el propio Lincoln no pertenecía a ninguna iglesia, citó la Biblia hebrea aproximadamente tres veces más que el Nuevo Testamento. Pero, cómo no, el antisemitismo no tardó en hacerse presente. Los comentarios que se difundieron ampliamente señalaban que el presidente había recibido un disparo el día de la crucifixión de Jesús, de modo que el derramamiento de su sangre se impregnó de resonancia religiosa. En Nueva York, el congresista James A. Garfield (que se convertiría en 1881 en el segundo presidente estadounidense asesinado) declaró: “Puede ser casi impío decirlo, pero parece que la muerte de Lincoln es paralela a la del hijo de Dios”. Desafortunadamente, el paralelo cristiano también llevó a algunos a divulgar la calumnia más antigua del mundo. El Chicago Tribune caracterizó el asesinato como “el crimen más horrible cometido en este mundo desde que los judíos malvados crucificaron al Salvador”. El sucesor de Lincoln, el vicepresidente Andrew Johnson, acusó a Judah P. Benjamin -que había servido como fiscal general, secretario de guerra y secretario de estado de la Confederación- como “un traidor y furtivo judío”, y citando el relato del apóstol Juan sobre la crucifixión, calumnió a Benjamin diciendo “esa tribu que se apropió de las vestimentas de nuestro salvador y luego las sorteó”. Y esta historia continuó…