FUERA DE FOCO, CON BRYAN ACUÑA – El concepto del Gran Israel suele debatirse entre dos extremos: quienes lo consideran una teoría conspirativa sin fundamento y quienes lo utilizan para explicar toda la política israelí. La realidad se encuentra en un punto intermedio. La idea tiene raíces históricas y religiosas vinculadas a la Eretz Israel (Tierra de Israel) y a ciertas corrientes del sionismo. Sin embargo, el movimiento sionista nunca fue homogéneo y desde sus orígenes coexistieron visiones pragmáticas y maximalistas sobre las fronteras de un eventual Estado judío.
El gran punto de inflexión fue la Guerra de los Seis Días de 1967, cuando Israel pasó a controlar Cisjordania, Jerusalén Oriental, Gaza, el Sinaí y los Altos del Golán. A partir de entonces surgieron dos dinámicas paralelas: una de carácter estratégico y otra de carácter ideológico. Los primeros asentamientos israelíes posteriores a 1967 estuvieron fuertemente influidos por consideraciones de seguridad. La estrechez territorial de Israel antes de la guerra llevó a sectores militares y políticos a buscar profundidad estratégica, especialmente mediante propuestas como el Plan Allon, orientado a controlar zonas defensivas clave sin incorporar grandes poblaciones palestinas.
Durante los años setenta comenzó a fortalecerse una dimensión distinta. Movimientos como Gush Emunim promovieron el asentamiento en Judea y Samaria por razones históricas, nacionales y religiosas, considerando esos territorios como parte inseparable de la patria judía. Desde entonces, los asentamientos dejaron de ser únicamente una herramienta de seguridad para convertirse también en una expresión ideológica. Con el paso de las décadas, el crecimiento demográfico de los asentamientos, las Intifadas, el fracaso de procesos de paz, la retirada de Gaza y el ascenso de partidos nacionalistas y religiosos modificaron el equilibrio interno. Actualmente, algunos asentamientos pueden justificarse desde la lógica estratégica, pero otros responden principalmente a motivaciones ideológicas. Por ello, el movimiento de asentamientos y los debates sobre anexión constituyen el ámbito donde la idea del Gran Israel posee mayor capacidad explicativa.
No obstante, Israel es una sociedad políticamente plural donde conviven nacionalistas, conservadores, liberales, socialdemócratas, religiosos, laicos y partidos árabes. Esto dificulta sostener que exista una estrategia nacional unificada orientada a construir un Gran Israel. En otros escenarios, la utilidad explicativa del concepto disminuye. Jerusalén involucra factores históricos, nacionales y religiosos que van más allá del expansionismo. Los Altos del Golán responden en gran medida a consideraciones geoestratégicas relacionadas con la defensa del norte israelí. En el caso del Líbano, las acciones israelíes han estado asociadas principalmente a seguridad, disuasión y contención de Hezbolá, no a proyectos de anexión. Respecto a Irán, la rivalidad gira alrededor de la cuestión nuclear, el equilibrio regional y la competencia geopolítica, sin reivindicaciones territoriales israelíes.
La versión más extrema de la teoría, según la cual Israel buscaría expandirse desde el Nilo hasta el Éufrates, carece de respaldo empírico sólido. La devolución completa del Sinaí a Egipto tras los acuerdos de paz constituye uno de los principales argumentos contra la idea de una expansión territorial ilimitada. La principal conclusión es que el Gran Israel existe como corriente ideológica real dentro de determinados sectores del nacionalismo y del sionismo religioso israelí, especialmente en relación con Cisjordania y los asentamientos. Sin embargo, convertirlo en la explicación única de toda la política exterior, militar y estratégica israelí conduce a simplificaciones que no resisten un análisis riguroso. Su capacidad explicativa es relevante en ciertos temas territoriales, pero limitada cuando se intenta aplicar a la totalidad de los conflictos y decisiones de Israel en Oriente Medio




