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‎15 Elul 5779 | ‎15/09/2019

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Los orígenes de Ashkenaz (5ª parte): las Cruzadas y el drama que representaron

Los orígenes de Ashkenaz (5ª parte): las Cruzadas y el drama que representaron


MILÍM: LA HISTORIA DE LAS DIÁSPORAS, CON ALICIA BENMERGUI – La historia siempre nos proporciona claves para el presente: no nos confundamos, la historia no tiene ninguna lección que darnos sobre el futuro, simplemente podemos entender mejor el mundo en que vivimos en relación al pasado. Ese es el caso de las Cruzadas y sus consecuencias. El cristianismo europeo con su Guerra Santa creó un fuerte anti-judaísmo, una tragedia en las comunidades judías en la Edad Media por los lugares donde pasó, el odio que suscitó entre los musulmanes hacia los caballeros cristianos y una división interna entre la iglesia latina y la iglesia ortodoxa que aún continúa. Los cristianos siempre habían peregrinado a Tierra Santa, a Jerusalém, pero en el año mil comienza un fervor religioso milenarista que se expresará en un fuerte fanatismo y en un odio a los paganos que terminará en un baño de sangre. Para los historiadores fue mucho más cruel la Guerra Santa cristiana que la llevada a cabo por los musulmanes en las tierras que conquistaron luego del nacimiento del Islam.
Es bueno utilizar los testimonios de las fuentes: tenemos una del siglo XI, es un escrito de Rodolfo el Lampiño, en realidad Raoul Glaber, un monje que vivía en la Abadía de Cluny, que es un referente insoslayable como centro cultural y productor de la mentalidad dominante en la Edad Media. Rodolfo o Raoul Glaber funcionó como un historiador de su tiempo, eso es lo que nos importa saber, y además difundidor de noticias que tuvieron sus consecuencias. Escribió Historias más o menos para el año 1031. Veamos lo que contó: “El año siguiente al año 1000, la Iglesia de Jerusalén, donde se hallaba el sepulcro del Salvador, fue destruida de arriba abajo por orden del príncipe de Babilonia… Como ese ilustre monumento de la gloria del Señor atraía a Jerusalén a una muchedumbre de visitantes del mundo entero, el diablo lleno de odio volvió a comenzar, con ayuda de sus habituales aliados los judíos, a verter sobre los adeptos de la verdadera fe el veneno de su infamia. Había en Orleans, ciudad real de la Galia, una colonia considerable de hombres de esa raza, que se mostraban más orgullosos, más nocivos y más insolentes que sus otros congéneres. Con un detestable fin, corrompieron por dinero a un vagabundo que llevaba el hábito de peregrino, un tal Roberto, siervo fugitivo del convento de Santa María de Moutier. Le enviaron con mil precauciones al príncipe de Babilonia, llevando una carta escrita en caracteres hebreos, que metieron en su bastón bajo un pequeño rodillo de hierro para que no pudieran quitársela. El hombre se puso en camino y llevó al príncipe aquella carta llena de mentiras e infamias, en la que se le decía que si no se decidía a destruir la venerable casa de los cristianos debería esperar que en poco tiempo éstos ocuparan su reino y le despojaran de todas sus dignidades. Ante esa lectura, el príncipe, arrebatado por la furia envió enseguida una expedición a Jerusalén encargada de destruir el santuario…”.
Cuando uno lee relatos medievales o cuentos europeos anti-judíos, comienza a comprender dónde se halla el origen de las teorías conspirativas. El medievalista Jacques Le Goff [La baja edad media. México. 1989] relata que los turcos, en 1078, dueños de Bagdad y protectores del Califa desde 1055, conquistaron Siria y se apoderaron de Jerusalén, y que en ningún momento impidieron las peregrinaciones ni les pusieron trabas, ese fue un fantasioso relato de los cronistas cristianos, como hemos podido leer. Jerusalén fue tomada el 15 de julio de 1099; un cronista anónimo contó (según fuente aportada por el historiador Le Goff) que “…nuestros peregrinos, entrados en la ciudad, perseguían y mataban a los sarracenos hasta el templo de Salomón, en donde ellos se habían agrupado y desde donde enfrentaron a los nuestros el combate más fiero durante toda la jornada, hasta el punto de que el templo entero brillaba con su sangre. Al final, después de haber hundido a los paganos, los nuestros se apoderaron en el templo de un gran número de mujeres y niños, y mataron o dejaron con vida los que les placía… Los cruzados se extendieron en seguida por toda la ciudad, apoderándose del oro, la plata, los caballos los mulos y saqueando las casas que rebosaban de riquezas… a la mañana siguiente los nuestros escalaron el tejado del templo y atacaron a los sarracenos, hombres y mujeres y sacando sus espadas los decapitaron…”.
Las fuentes musulmanas simplemente cuentan que las calles de Jerusalén se inundaron de sangre, el relato dice que también mataron a los judíos que vivían allí. Las matanzas que produjeron estas almas llenas de cristiano fervor, según Le Goff tuvieron consecuencias muy graves. En este caso y porque estamos trabajando sobre la historia de los judíos ashkenazíes, queremos citar directamente al historiador “…la Cruzada desarrolló en Occidente a lo largo de todas las rutas seguidas por los cruzados un antisemitismo virulento y genocida que contribuyó a poner fin a la tolerancia que por lo general la cristiandad había mostrado hasta entonces con respecto a los judíos…”. Y esta historia continuó