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‎11 Tishri 5782 | ‎16/09/2021

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Mis compañeros de juegos nazis

Mis compañeros de juegos nazis

LA PALABRA – Mi padre siempre buscó negocios alternativos a su oficio de cuéntenik (vendedor a plazos). Uno de ellos fue una ferretería en un nuevo barrio al que nos mudamos, Florida: casas bajitas de gente trabajadora… ¡y criminales de guerra nazis! A pocas calles de donde nos instalamos y donde viví desde los 5 a los 17 años, hacía muy poco que el Mossad secuestró a Adolph Eichmann, el organizador del Holocausto en el Este de Europa, para que fuese juzgado, sentenciado y finalmente ajusticiado en Jerusalén.

En aquellos tiempos, la educación judía se brindaba al margen de la educación normativa, en una escuela por la tarde. Mi calendario, por tanto, era bastante apretado y sólo me dejaba los fines de semana para alternar con los chicos del barrio. Al llegar al quinto curso, mi clase en el shule (la escuela, que a su vez funcionaba como sinagoga en las principales fiestas e incluso como sede de una caja de crédito) se redujo tanto, que no tuvimos maestra en todo el curso y, sólo de vez en cuando podía el director enseñarnos algo. Fue una gran oportunidad para plantearle a mis padres (con sólo 10 años) la necesidad de socializar más con los chicos vecinos en lugar de recibir educación judía. No es que hicieran gran cosa, pero les envidiaba el tiempo de ocio: no teníamos ningún campo para jugar al fútbol en condiciones, ni por supuesto la parafernalia electrónica actual. A veces nos acercábamos a la vía del tren para colocar una moneda de las grandes que, al paso del convoy, se transformaba en una ficha metálica plana. Otras jugábamos al escondite, pero en muchas ocasiones nos aburríamos como ostras y entonces alguno se levantaba y empezaba a caminar amenazante con el brazo y el dedo índice extendidos hacia mí como un zombi gritando “al judío”, lo que desencadenaba la misma reacción en el resto y mi huida inmediata. Se lo pasaban en grande. Uno de ellos, “el Alemán”, vivía a la vuelta; otro era Miguel Ángel, a dos puertas de la mía, hermano mayor de Adolfo y en cuya casa, una vez que entré a beber agua y la puerta de la habitación de sus padres estaba abierta, sobre el cabecero de la cama pendía una cruz y una cadena con una esvástica, junto con una foto en la que se reconocía al padre de joven con el uniforme nazi.

Pocos años después volví al colegio judío para actividades de fines de semana. Mis colegas no se lo tomaron muy bien y me pintaban esvásticas en el frente de casa. Por entonces, comenzaba mi etapa de estudiante de secundario para lo que tenía que ir cada mañana a la estación del tren. En el camino había una casa cercada por una malla metálica y custodiada por una docena de dóberman mientras una voz les azuzaba en alemán desde el interior de la vivienda. Un barrio en el que convivíamos, pared con pared, antiguas víctimas con sus victimarios, que no tenían ningún reparo en seguir hablando públicamente en alemán. Según publicó recientemente una organización judía alternativa de Argentina, apenas llegaron al país una treintena de criminales de guerra nazis. Sólo en mi barrio había más.

Jorge Rozemblum

Director de Radio Sefarad