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‎21 Iyyar 5779 | ‎25/05/2019

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Un día sin milagros

Un día sin milagros

LA PALABRA – Este fin de semana el calendario de los judíos está marcado por una fecha fatídica: el día 9 del mes de Ab (Tishá be-Av, en hebreo). En esa fecha coinciden algunos de los sucesos más desgraciados de nuestra historia. La destrucción del Primer Templo por el babilonio Nabucodonosor II en el 587 antes de la era común, la del Segundo Templo por el romano Tito en el 70 de nuestra era, la caída de la fortaleza de Betar y el aplastamiento de la rebelión de Bar Kojba menos de un siglo después, la expulsión de los judíos de Inglaterra, Francia y España en la Edad Media: todos estos hechos ocurrieron en diferentes épocas, pero en la misma fecha, en el noveno día del undécimo mes del año.
A diferencia de otros días destacados del calendario hebreo, en éste no hubo milagros que protegieran al pueblo de su extinción o masacre, como en Pésaj o Purím, que coinciden además con la luna llena del día central (15) del mes lunar correspondiente: Nisán y Adar, respectivamente. Ni siquiera milagros simbólicos como el de Janucá (que acontece un 25 de Kislev) que no aparecen recogidos en la Torá, sino en las tradiciones compiladas en el Talmúd y la Mishná, como este 9 de Ab, cuyo ayuno y abstinencia justifican incluso en un hecho bíblico anterior a los sucesos relatados: cuando Moisés mandó 12 espías para informarle sobre la tierra de Canaán y estos regresaron con malas noticias, por lo que los hijos de Israel sollozaron y se desesperaron por no poder ingresar a la Tierra Prometida después de vagar 40 años por el desierto.
Hay una paradoja en el propio nombre de la fecha. Ab, como todos los nombres de meses hebreos, deriva del acadio y en ese idioma significa juncos, que se recolectaban para esa fecha. Sin embargo, en hebreo, las mismas letras significan “padre”. Por otra parte, en la tradición simbólica judía, el 9 está asociado a la gestación (los “mueve meses de la prenyada” de la canción de Pésaj “Ken supiese y entendiense”, versión en judeoespañol del “Ejad mi yodea”). Por lo tanto, en una misma fecha, y sin ánimos kabalísticos ya que no tratamos textos sagrados, confluyen la maternidad y la paternidad. ¿Es una simple casualidad lingüística o una señal de disonancia semántica?
Lo que está claro es que si hay un día en que, pese a las desgracias, no hubo – según la tradición – intervención divina, es éste: sin final feliz, demostración de que nuestro destino está en nuestras manos y en lo que hagamos o dejemos de hacer, más allá de las plegarias para que el maná siga cayendo del cielo cuando estemos al borde de la inanición. Es el momento de que los padres gesten sus propias soluciones.
Jorge Rozemblum
Director de Radio Sefarad