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‎13 Heshvan 5779 | ‎21/10/2018

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Sefarad: exilio y clandestinidad (10ª parte): en las ciudades del Imperio Otomano (II)

Sefarad: exilio y clandestinidad (10ª parte): en las ciudades del Imperio Otomano (II)

MILÍM: LA HISTORIA DE LAS DIÁSPORAS, CON ALICIA BENMERGUI – La mayoría de los judíos instalados en la zona antes de la expulsión de los judíos de la España de los Reyes Católicos eran de origen griego (romaniotas) – muy numerosos en Estambul, dedicados al comercio y al cobro de impuestos-, agregándose a los bizantinos radanitas y arabo-parlantes. Los nuevos inmigrantes no llegaron todos juntos; fue un movimiento complejo y alargado en el tiempo; según parece, los judíos hispanos habían llegado a territorios del Imperio antes de la conquista por parte de los turcos otomanos. Lo habían hecho huyendo de las persecuciones desatadas en los reinos hispánicos a fines del siglo XIV; luego continuarían en el siglo XVI con etapas intermedias en África del Norte, Italia y otras regiones. La diferencia que marcan algunos historiadores es que los primeros que llegaron lo hicieron porque tenían una fuerte identidad judía, dejaron todo y se fueron, sin cálculos. La segunda oleada, la que llegó posteriormente, se componía de cripto-judíos o marranos, aquellos que se ocultaban bajo la “máscara del converso”. Lo hicieron hasta 1580: cuando las condiciones del Imperio Otomano empeoraron volvieron a marcharse a regiones y lugares más favorables para su existencia.
De acuerdo al testimonio de un comerciante inglés, se cree que en 1594 vivían unos 150 mil judíos en Estambul. Las otras ciudades a las que llegaron estos sefardíes fueron Esmirna, Safed, Vlora en Albania y Salónica, haciéndolo a otras en proporción menor, por ejemplo Arta, Patras, Eubea, Tebas, Trikala, Nicopol, Sofía, Monastir, Skopie, Serres, Kavala, Demótica, Sante, Kastoria, Volos y Larissa en los Balcanes, Bursa oTokar. Otros fueron a Alejandría, El Cairo, Damasco, Alepo. Los judíos que llegaron provenían de Aragón, Calabria, Castilla, Cataluña, el Magreb, Portugal, Apulia, Sicilia, Córdoba, Lisboa, Messina, Otranto, Sevilla y Toledo; otros, los “francos”, fueron a Safed, donde había judíos provenientes de lo que ahora es Italia (tanto en Safed como en Salónica). La comunidad judía era muy variopinta. Se constituía de judíos autóctonos (romaniotas), askenazíes, italiotas, sefardíes y caraítas.
Los castellanos, originarios de Castilla, se veían a sí mismos como una especie de nobleza o aristocracia en el exilio, superiores a todos los demás. Las relaciones con los judíos autóctonos no siempre fueron fáciles, al conformar una colectividad segura de sí misma con alta autoestima, provista de una élite de intelectuales muy creativos, con el deber de transmitir su hispanidad. Se organizaron en comunidades separadas –adoptando el gentilicio originario (Cataluña, Toledo, Zaragoza, Aragón) –, despreciando las costumbres locales, creando sistemas paralelos. Garantizaban, de este modo, la preservación de los ritos, tradiciones, costumbres y lenguas, y salvaguardaban la unidad en la fe y la especificidad. Sólo a partir del siglo XVII fue diluyéndose la congregación en la sinagoga (qahal), en torno a la cual se desarrollaba toda su existencia, para pasar a su estructuración en torno al barrio donde vivían (malhal).
Los sefardíes estuvieron presentes en la práctica totalidad de los sectores económicos del Imperio Otomano que, en plena expansión, precisaba consolidarse administrativamente – como recaudadores, en aduanas, en la emisión de moneda –, controlando, por ende, las grandes vías comerciales entre Asia y Europa. No obstante, la actividad productiva y comercial se asentó en circuitos étnico-religiosos específicos. El imperio vivió su período de apogeo durante el siglo XVI para ir declinando hasta la época contemporánea. La mayoría se dedicó al comercio local y a la artesanía; sólo unos pocos magnates engrosaron las filas de las finanzas, el comercio internacional, el corretaje y la manufactura y distribución textil, con un claro paralelismo respecto al perfil socioeconómico de origen, como la práctica de la medicina (Yosef Hamon, galeno personal del sultán Selim I). Esta historia continúa…