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‎9 Kislev 5780 | ‎06/12/2019

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“Ana Bolena” (1920), de Ernst Lubitsch

“Ana Bolena” (1920), de Ernst Lubitsch

SHÉKET: JUDÍOS EN EL CINE MUDO, CON MIGUEL PÉREZ –

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El toque Lubitsch. Mucho se ha hablado y debatido sobre el significado del toque Lubitsch, pero nadie, desde Mary Pickford a Billy Wilder, ha logrado nunca descifrar en qué consiste ese halo que hacía de todas las películas del genial director alemán de ascendencia judía una obra personal, única e intransferible. Muchos dicen que era su ironía, tan fina como un hilo de pescar, o la capacidad de abrir puertas y ventanas a la reflexión y el análisis en escenas aparentemente sencillas. Probablemente no haya una sola razón detrás del toque Lubitsch, sino muchas y muy variadas, a las que es preciso añadir un elemento aglutinante: su perfeccionismo de largo alcance. Es conocida la anécdota de cuando envió a un ayudante a hacer un listado de todos los artículos de piel expuestos en una tienda dedicada a este sector para recrear un comercio idéntico en uno de sus filmes. O cuando contrató a un grupo de arquitectos con probados conocimientos históricos para reproducir fielmente las construcciones de ‘La mujer del faraón’, la película que le pasaportó directamente a Estados Unidos.

Al mencionar este título conviene retrotraerse a otro muy importante en su filmografía: ‘Ana Bolena’. Rodada en 1920 resulta una obra muy interesante desde el punto de vista del cine mudo por la maestría del director para transformar los gestos en semántica. No hace falta lenguaje, se intuye. Casi es posible escuchar a los protagonistas en sus gestos. Bien es verdad que de ese logro participan Emil Jannings y Henny Porten, la pareja protagonista. Emil representa a Enrique VIII y resulta impagable en la escena en la que comunica a su segunda esposa su decisión de sentenciarla a muerte. Todo el desgarro emocional presente en un puñado de gestos con los que Emil Jannings y Henny Porten muestran cómo es posible vitalizar soberbiamente a dos personajes que, en 1921, eran de difícil lectura fuera de la pompa y el hieratismo que se les suponía.

Hay que entender que la vida de Enrique VIII y de Ana Bolena ha sido reproducida a lo largo de las décadas en el cine mediante decenas de filtros. Desde la ficción histórica más pura al estilo de la tradición cinematográfica británica hasta las lecturas más dulcificadas y sembradas de licencias del cine estadounidense, mucho más proclive a convertir cualquier pasaje histórico en una película de aventuras bien disfrutable con una bolsa de palomitas. En ese sentido, Ernst Lubitsch, nacido en Berlín y que rodó ‘Ana Bolena’ con 38 años, rompe con la narración encorsetada al uso de los filmes históricos para otorgar a todos sus personajes un alma. Un alma bien visible con la que consigue la magia de describir a dos figuras de alto voltaje y la trágica evolución de su relación con una economía narrativa encomiable. Lubitsch era un maestro de la elipsis.

Aunque si hablamos del genial realizador que nunca quiso seguir los pasos de su padre en una sastrería, no es sencillo hablar de economía. ‘Ana Bolena’ forma arte de una especie de trilogía histórica compuesta también por ‘Madame Du Barry’ (1919) y ‘La mujer del faraón’ (1921-1922), con la que Lubitsch se ganó merecidamente un sólido prestigio como fino y riguroso cineasta, sin miedo a los grandes proyectos. De hecho, puede decirse que es el precursor de las grandes superproducciones y uno de los ejemplos fundamentales de la fortaleza del cine alemán en esos tiempos del cine mudo.

Para narrar la tragedia de la segunda mujer de Enrique VIII contó nada menos que con un presupuesto de 8 millones de marcos (una inversión desaforada en la época) y 5.000 extras, lo que evidentemente exigía una gran capacidad para mover y coreografiar a las masas. Pese a la complejidad que exigía tal número de extras, y por tanto moverse en escenarios amplios en determinados pasajes, el realizador sabía siempre dónde y cómo colocar la cámara para captar la escena más armoniosa posible. Y si hablamos de abundancia de extras, habría que mencionar también a los mil carpinteros, estucadores y escultores que fue necesario contratar para recrear la Abadía de Westminster y el resto de decorados de la película. Un año más tarde repetiría la hazaña con ‘La mujer del faraón’, donde incluso construyó las pirámides. Para que luego hablen de las bondades del croma.

Ficha técnica:
Título: ‘Ana Bolena’
Título original: ‘Anna Boleyn’
Año: 1920
Duración: 125-145 minutos, según la copia restaurada
País: Alemania, rodada en los platós de la UFA. Fue restaurada por la Fundación Friedrich Wilhelm Murnau.
Dirección: Ernst Lubitsch
Reparto: Emil Jannings, Henny Porten, Hedwig Pauli, Hilde Müller, Maria Reisenhofer, Ferdinand von Alten,, Adolf Klein y Ludwig Hartau.
Guión: Fred Orbing y Hanns Kräly
Música: Muda en el original.
Fotografía: Theodor Sparkuhl
Género: Histórico.