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‎17 Sivan 5779 | ‎20/06/2019

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“El acorazado Potemkin”, de Sergei M. Eisenstein (1925)

“El acorazado Potemkin”, de Sergei M. Eisenstein (1925)

SHÉKET: JUDÍOS EN EL CINE MUDO, CON MIGUEL PÉREZ –

Brian de Palma, Woody Allen, Francis Ford Coppola, Rosellini y Luis Buñuel. Si todos ellos fueran delanteros, estaríamos probablemente ante el Barça de la cinematografía. En algún momento de sus vidas se sintieron fascinados por la gran pantalla y aprendieron de una misma técnica y de un mismo entrenador : ‘El acorazado Potemkin’, de Sergei Mijail Eisenstein. Hasta tal nivel llegó su interés por este título, que incluso ensayaron sus tácticas. Sólo es preciso revisar ‘El Padrino’ o ‘Los intocables de Eliott Ness’ para encontrar precisas referencias a la escena posiblemente más estudiada de toda la historia del cine: la carga del ejército zarista contra la población civil en las famosas escaleras de Odesa durante la huelga de 1905, un episodio histórico que anticipó la revolución rusa de 1917. Todo ello avala el valor de la película rodada por el brillante cineasta soviético de origen judío en 1925: considerada para muchos críticos como la mejor de todos los tiempos, teniendo en cuenta evidentemente las limitaciones técnicas y narrativas de la época, de lo que no cabe duda es de que ‘El acorazado Potemkin’ puso en primera línea la importancia del montaje en la producción y, sobre todo, significó un cambio de visión del cine más allá del entretenimiento. Pizarra, mucha pizarra.

Todo comenzó con un encargo. Eisenstein se embarcó a petición de las autoridades soviéticas en la misión de crear un inmenso fresco sobre el derrocamiento del zarismo, repartido en varias películas que representarían distintos episodios de la revolución desde sus antecedentes hasta su eclosión final. Resulta evidente la intencionalidad del proyecto, aunque más tarde se volvería en contra incluso de sus ideólogos. ‘El acorazado Potemkin’ estuvo prohibida en Estados Unidos y varios países europeos, entre ellos España durante la dictadura franquista, pero además el propio Stalin la censuró en la Unión Soviética.

Lo que en 1925 (Lenin había fallecido el año anterior) todavía se entendía como un mensaje positivo sobre el triunfo del pueblo, años más tarde, con Troski fuera del tablero de juego y el régimen estalinista en la cúspide de su poder, se comenzó a ver como una crítica al dominio de los gobernantes y su eficacia represora. Ejemplo perfecto de que todo cambia en la Historia según la luz que lo ilumine. Pero más allá del debate propagandístico, lo que el cineasta soviético encontró en esta iniciativa fue la oportunidad, la financiación y el apoyo institucional para desarrollar todas sus ideas sobre un lenguaje cinematográfico nuevo. Trabajó con la genialidad de un explorador de vanguardia que escribe un mapa en un territorio desconocido pero lleno de promesas.

Concebida inicialmente como una crónica de las manifestaciones populares de 1905, el director decidió rodar ‘El acorazado Potemkin’ en Odesa, una de las principales ciudades del país, situada a orillas del mar Negro, rodeada de un gran significado histórico como escenario de convulsos enfrentamientos durante los primeros veinte años del siglo pasado y que garantizaba el tiempo adecuado para hacer un filme en el otoño ruso. Porque, eso sí, Eisenstein tenía plazo de entrega: debía estrenar en diciembre de 1925 para conmemorar el veinte aniversario de la frustrada rebelión y lo hizo al filo de lo imposible, pues terminó el montaje justo unos minutos antes de que se abriera el telón del Teatro Bolshoi.

En Odesa, el realizador halló una inspiración que sería crucial para el futuro de la cinematografía. Vio claro que, en vez de un documento general de los disturbios, debía contar una metáfora. Y la encontró en el motín que abanderaron unos marineros cansados de las penosas condiciones de vida que sufrían en la armada imperial de los zares. Corría el verano de 1905. De aquel hecho concreto, Eisenstein pasaría a contar la clave emocional y social no sólo de las frustradas protestas de aquel año, sino de la propia revolución rusa de 1917. Como anécdota, historiadores y cronistas coinciden en que la matanza en las escalinatas de la ciudad que tanto ha impactado a decenas de cineastas fue una licencia del director y nunca se produjo, aunque hoy pase como una realidad para los miles de turistas que visitan anualmente los escalones más famosos de la historia del celuloide.

El resto, sin embargo, es rigurosamente verídico: el amotinamiento de los marineros del acorazado, que tomaron el control mientras navegaban frente a las costas de Ucrania a raíz de que uno de los oficiales les conminara a alimentarse con comida en mal estado bajo la amenaza de ejecución sumaria. La tripulación se rebeló contra los mandos y puso rumbo a Odesa, donde se toparon con una ciudad convulsionada por las revueltas y la represión del ejército. Tras intentar ayudar a la población, los marineros pusieron rumbo a Rumanía, donde entregaron el acorazado. La historia cuenta que las autoridades rumanas devolvieron posteriormente el buque y que la mayoría de los amotinados se dispersaron; muchos fueron detenidos y fusilados. Otros lograron encontrar refugio en terceros países.

Técnicamente, ‘El acorazado Potemkin’ apuntala la postproducción dentro del cine mudo. Eisenstein fue, junto con el americano David Wark Griffith, el pionero de un nuevo lenguaje que se alimentaba básicamente de la versatilidad en los planos y el montaje. El realizador soviético era capaz de filmar un completo arsenal de primeros planos, movimientos de masas, perspectivas en ángulo, picados, contrapicados y desplazamientos de cámara que luego ordenaba de modo que las secuenciación resultante transmitiese una sensación, un sentimiento o una emoción al espectador. No es que ni él ni Griffith hubieran tenido una iluminación súbita y simultánea: poseían un indudable sentido del relato y un acreditado criterio artístico que aplicaban combinando técnicas innovadoras con otras que diferentes directores habían puesto en práctica por separado. En realidad, Eisenstein y Griffith fueron un paso más allá en una industria que hasta entonces trabajaba con la métrica de una obra teatral y crearon la narración cinematográfica tal y como hoy se conoce, una sucesión de planos y escenas que cuentan historias y despiertan emociones en el espectador.

Eisenstein se diferenciaba de su homólogo americano en el caos. La poesía. El vértigo. No era aficionado a los caminos rectos, a pautar el metraje en función de normas básicas como la continuidad de la obra o la lógica de cámara. El guión técnico que utilizaba era el que le ofrecía su ingenio y una larga experimentación con los lenguajes de la imagen, que además parecían entusiasmar a Eduard Tissé, su responsable de fotografía, un joven lituano formado en los noticieros y las crónicas de guerra con el suficiente entusiasmo para soportar la dureza de los rodajes. El director hacía uso de su propio manual de montaje en función de la reacción que quería provocar. Alternar enfoques, repetir planos o intercalarlos a velocidad endiablada. Milagrosamente no había distorsiones. Porque el cineasta sabía que todo cobra sentido para el espectador cuando su mente metaboliza la información en un proceso inmediato más próximo a la pintura y la literatura que al cine.

‘El acorazado Potemkin’ es similar a un Ferrari a la salida de una curva pronunciada, un prodigio de ritmo que se acelera a medida que la revuelta de Odesa se vuelve más vertiginosa. Hay escenas brutales o de gran dramatismo, como los cientos de planos que describen sin respiro la represión en las escalinatas o el motín dentro del buque, que termina con el capitán arrojado al mar. El realizador soviético también ensaya con el cine conceptual (los propios incidentes en el barco establecen una metáfora con el poder y la religión) y explora hasta el límite la capacidad expresiva de los planos (la mujer con el rostro ensangrentado y las gafas rotas o el semblante del testigo que observa el carrito de bebé precipitarse sin control por las escaleras).

Equilibra acción y emoción. Como prueba de su carácter pionero en el campo de la postproducción, Einsestein también refleja en esta obra su incursión en las técnicas de coloreado de los fotogramas y su respeto por la música cinematográfica. De haber vivido hasta 2005, hubiera resultado curioso conocer su reacción ante la lujosa banda sonora de ‘El acorazado Potemkin’ que, con motivo del 80 aniversario de su estreno, el Gobierno británico encargó a… Pet Shop Boys.

Ficha técnica:
Título: “Bronenosets Potyomkin” (El acorazado Potemkin)
Año: 1925
Director: Sergei M. Eisenstein
Guión: Sergei M. Eisenstein y Nina Agadzhanova
Reparto: Aleksandr Antonov, Vladimir Barsky, Grigori Aleksandrov, Mikhail Gomorov, Ivan Bobrov, Aleksandr Levshin y Konstantin Feldman protagonizan algunos de los papeles principales, aunque en realidad se trata de una película coral que unía a actores con ciudadanos comunes.
Música: Edmund Meisel y Nikolai Kryukov (Neil Tennant y Chris Lowe, componentes del dúo electrónico Pet Shop Boys, hicieron una nueva banda sonora en 2005 con la Orquesta Sinfónica de Dresde)
Fotografía: Eduard Tissé y Vladimir Popov.
Duración:77 minutos.
País: antigua Unión Soviética
Género: histórico, drama.