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‎14 Nisan 5779 | ‎19/04/2019

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“El concierto” (2009), de Radu Mihaileanu

FILMOTECA, CON DANIELA ROSENFELD – El director rumano asentado en Francia, Radu Mihaileanu (El tren de la Vida, Vete y vive, La fuente de las mujeres, etc.), ha logrado, paso a paso, construir una interesante filmografía. Guionista en todos sus títulos, sus personajes se ven obligados a mentir para salvaguardar su vida. Su cine reflexiona sobre la multiculturalidad, la identidad y la impostura, la represión totalitaria y la persecución de los judíos.
Nacido en Bucarest en 1958, Mihaileanu proviene de una familia judía. Su padre, Mordechaï Buchman, perseguido por los nazis, cambió su nombre por Ion Mihaileanu. El joven Radu se ve obligado a huir de su país durante la férrea dictadura de Ceaucescu. Tras una temporada en Israel, acaba en Francia, donde estudia en la IDHEC, Instituto de Altos Estudios Cinematográficos de París.
Mihaileanu es consciente de que se repiten en su cine los personajes que fingen ser lo que no son “Es un tema que me persigue a mi pesar”, explica el realizador. “Quizá se deba al hecho de que mi padre se cambiara de apellido durante la guerra para sobrevivir durante el régimen nazi y luego en el estaliniano. Pero yo viví todo aquello de una manera positiva, hay en mí un conflicto entre estas dos identidades. Por otra parte, he sufrido durante mucho tiempo por ser considerado un “extranjero”, da igual dónde esté –en Francia o en Rumanía–. Hoy, lo veo como un elemento enriquecedor y estoy contento de estar en todas partes, al mismo tiempo dentro y fuera”.
“El concierto” es una película amable, divertida y entrañable, ambientada en los años previos a la desintegración de la U.R.S.S. En la época de Brezhnev, Andrei Filipov era el mejor director de orquesta de la Unión Soviética y dirigía la célebre Orquesta del Bolshoi. Pero en plena gloria, tras haber renunciado a separarse de sus músicos judíos, entre los que estaba su mejor amigo Sacha, fue despedido. Treinta años después, sigue trabajando en el Bolshoi, pero ahora…. como limpiador.
Una noche que Andrei se queda hasta tarde para sacar brillo al despacho del jefe supremo encuentra un fax dirigido a la dirección del Bolshoi: se trata de una carta del Teatro de Châtelet invitando a la orquesta oficial a que vaya a dar un concierto a París… De repente, a Andrei se le ocurre una idea loca: ¿por qué no reunir a sus antiguos compañeros músicos, que viven de hacer trabajillos y chapuzas, y llevarlos a París, haciéndoles pasar por el Bolshoi? La tan esperada ocasión de tomarse la revancha por fin ha llegado. Pero él y sus compañeros de viaje esconden secretos propósitos personales, con los que buscan revivir épocas pasadas de mayor esplendor en la música, en el partido o en los negocios…
La película apuesta por la comedia más loca y disparatada, y le imprime un ritmo trepidante a la acción con situaciones absurdas: mítines comunistas con acólitos bien pagados, bodas de mafiosos con extras como invitados, judíos que no pueden evitar ver negocio en todo lo que tocan, un manager ex-KGB que suspira por los viejos tiempos del partido o un magnate que duda entre comprar un equipo de fútbol o ser esponsor de su capricho musical. Los personajes despiertan simpatía y compasión en su desgracia cómica. Poco a poco, sin embargo, la cinta va desplegando un dramático pasado en blanco y negro, y los flashbacks evidencian aquellos momentos de humillación y la corrupción imperante. Manteniendo un perfecto timing de suspenso en el desenlace de la historia, recién al final comprendemos el nudo de la trama de los personajes.
La película nos invita a acompañar a una destartalada troupe de pícaros y tarambanas que, sin motivo aparente más allá del lucro personal y la búsqueda de un destino más favorable, se enfrenta a un sistema que les dio su mejor oportunidad para luego arrebatárselo, todo por una triste cuestión de antisemitismo. Una pandilla incontrolable e infinitamente libre por fin de judíos y gitanos desahuciados por un régimen intolerante le permite al realizador dar rienda suelta a una narración que, en su agilidad oculta la gran tragedia que impulsa la temeridad de Filipov, capaz de abandonarlo todo por cumplir un sueño compartido y prometido décadas atrás.
La narración se desarrolla con firmeza en un crescendo permanente en el que conviven la hilaridad y la profundidad, manteniéndonos en vilo y creando una línea muy delicada entre lo que puede llegar a convertirse en un desastre o un triunfo absoluto. Mihaileanu maneja muy bien los hilos para no perder el rumbo y llevar el film a un clímax emocional y musical y nos permite presenciar unos momentos mágicos e intemporales de perfección musical y fantasía cinematográfica.