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‎22 Iyyar 5779 | ‎27/05/2019

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Entender Sefarad (18ª parte): Benveniste reorganiza las aljamas

Entender Sefarad (18ª parte): Benveniste reorganiza las aljamas


MILÍM: LA HISTORIA DE LAS DIÁSPORAS, CON ALICIA BENMERGUI – Todos los acontecimientos posteriores a la Disputa de Tortosa estarán relacionados con la cada vez más exigua presencia judía, en Aragón sin duda, pero también en Castilla. La amarga crítica del historiador Baer, que como un vicio de la profesión se involucró afectivamente con el objeto de su estudio, es al averroísmo que fascinó a los judíos más eruditos e importantes del judaísmo hispánico: lo que les critica es su excesivo racionalismo en detrimento de su judaísmo. También es necesario comprenderlo como un historiador sionista, alemán que vivía en Israel aún antes de su fundación y que padeció el espantoso drama del pueblo judío a manos del nazismo.
Lo importante es señalar que los sectores más humildes son los que se quedan dentro del judaísmo, viviendo en las antiguas aljamas, que la mayor parte de los antiguos judíos forman parte de una gran masa de cristianos nuevos, agregando un gran problema a la sociedad ibérica en su conjunto. Muchos son campesinos y otros pequeños artesanos. Una cosa que se encarga de señalar Baer era la existencia de excelentes relaciones entre judíos y cristianos. También han quedado como judíos hombres de gran erudición y cultura, entre ellos Abraham Benveniste que será quién se encargará de hacer una reforma institucional de las aljamas castellanas para que ellas sobrevivieran judaicamente, especialmente en el tema de la educación. Todavía no existía la Inquisición por lo que los cristianos nuevos se permitieran licencias que luego podían costarles la vida. Tal es el caso de un judío converso a los 40 años años, Alfonso Ferrandes Semuel, “ en su testamento dejaba unas monedas a la Iglesia; en cambio, daba cien maravedíes a los judíos, para que no tuvieran que trabajar en sábado. Mandaba poner en su ataúd la cruz a sus pies, el Corán en su pecho y la Torá ‘ su vida y luz’ a su cabecera. Su sombrero lo legaba al ssamás (shamas, sirviente de la sinagoga) para que rezara en el ‘homás’ (Pentateuco) y le cantara a su alma un ‘pyzmón’ (himno) su asno con las alforjas y su sombrero de seda, a los sepultureros, para que no arrastraran su cuerpo con cordeles, como solía hacerse con los herejes. Un judío llamado Jacob Çidayo era el encargado de ejecutar su testamento y en señal de ‘Çedaquá’ (caridad, limosna) le dejaba su sudario, para le rezara ‘tefilá’ (oración) después de su entierro.”

Es la prueba de que todavía no existía la Inqusición para quemar su cadáver aunque más no fuera. Pero esta historia, como todos sabemos, no acaba aquí.