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‎18 Kislev 5781 | ‎04/12/2020

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Judíos africanos (4ª parte): la Guerra Anglo-Boer

Judíos africanos (4ª parte): la Guerra Anglo-Boer

MILÍM: LA HISTORIA DE LAS DIÁSPORAS, CON ALICIA BENMERGUI – Cuando estalló la guerra Anglo-Boer en el Transvaal, en el sur de África, que duró de 1899 a 1902, tanto los liberales humanistas como los partidos de izquierda acusaron a los judíos de haberla propiciado. Los Boers (también llamados afrikáners) eran granjeros de origen holandés que se habían establecido en la zona de El Cabo a mediados del siglo XVII. Calvinistas y profundamente racistas, habían despojado a los aborígenes de sus tierras. Entre 1835 y 1845 hubieron de retirarse de esos territorios ante la presión de los colonos británicos y se establecieron en las zonas más norteñas de Orange y el Transvaal. Es en esta zona donde chocaron de nuevo los intereses de los colonos británicos (en su mayoría mineros) con los de los bóers (fundamentalmente ganaderos y agricultores). El descubrimiento de minas de diamantes en Kimberley y de oro en Witwatersrand en el Transvaal produjo la inmediata codicia de financistas y empresarios ante esta singular oportunidad. En la guerra anglo-bóer que durará desde 1899 hasta 1902 confluyeron, por lo tanto, factores tanto políticos como económicos, inherentes al fenómeno imperialista. Cecil Rhodes se destacó como uno de los principales instigadores del conflicto, hombre de negocios y gobernador británico de El Cabo, cuyo objetivo era conseguir para Gran Bretaña el dominio de todo el sur de África.

Esta guerra costó la vida de miles de soldados ingleses, se instalaron campos de concentración para la población boer, mujeres y niños fueron sometidos a un régimen de hambre absoluto. Las fotos de niños famélicos recuerdan algunas de las peores de la Shoá. Se quemaron las viviendas donde vivían las familias de los guerrilleros boers. El trato fue de una crueldad inaudita que avergonzó a las honradas conciencias británicas. La solución para quitarse tan molesta culpa fue sencilla: tanto los liberales como los socialistas y marxistas acusaron a los judíos de haberla desatado. Se señaló a Barney Barnato, uno de los millonarios hechos a sí mismos, con una enorme riqueza, nacido en Whitechapel, como uno de los culpables y responsables de esta guerra. El hecho de que muchos de los financistas judíos y capitalistas que se beneficiaron del boom minero tenían pocos lazos formales con el judaísmo más allá de las circunstancias del nacimiento, que competían entre sí, sin ningún espíritu de cuerpo, tuvo escasa importancia a la hora de dilucidar la verdad. Era muy sencillo achacar al judaísmo de estar en la base del imperialismo británico. Henry Hyndman, el fundador de la Federación Social Demócrata en 1881, escribía en el diario Justice que el judaísmo internacional era quien se hallaba detrás del rápido crecimiento de los intereses británicos en África del sur. No tenía en cuenta las acciones de Rhodes, pues consideraba que en 1896, ‘Beit, Barnato y sus compañeros judíos’ se proponían crear un imperio Anglo-Judaico que se extendería desde Egipto hasta la Ciudad del Cabo. Atribuía a la prensa que se hallaba en manos de judíos el apoyo a esta operación, aunque fue la totalidad de la prensa británica la que apoyó esa guerra. Esto desató la ira y la furia de los miembros judíos de la Social-Democracia. Lo mismo hizo Hobson con sus primeros análisis y cables que enviaba a Londres sobre el Imperialismo Británico. Los vínculos entre el capitalismo y los financistas judíos, específicamente en las publicaciones socialistas, fueron sorprendentes. En varios folletos se insinuó que los financieros judíos en el territorio boer, rico en diamantes y oro, fomentaron el conflicto. Era bien sabido que Barney Barnato y Alfred Beit eran dos de los principales empresarios judíos del territorio. Del mismo modo, cinco de las diez principales empresas mineras en Witwatersrand (Transvaal) fueron operadas por judíos. Para promover esta teoría, el socialismo redactó panfletos que calificaban a los financistas judíos de “serpientes” que no tenían “instintos de compasión”. Estas palabras se combinaron con caricaturas fuertemente antisemitas, relacionándolas con las representaciones estereotípicas de los judíos: nariz torcida, rasgos oscuros y bolsas de dinero. Este tema también se reflejó en el folleto, “Más víctimas para Moloch: las demandas de refuerzo”, ya que el “Moloch” era un dios antiguo al que algunos creían que los hebreos adoraban y sacrificaban niños. Se utilizó al Moloch peyorativamente como un símbolo de poder devorador y, a su vez, se culpó al gobierno británico por sacrificar las vidas de británicos inocentes al Dios codicioso.

De hecho, la Gran Bretaña del siglo XIX estaba imbricada con fuertes elementos de antisemitismo. El conocido economista J.A. Hobson, se hizo eco de M.P. Burns al alimentar este sentimiento en la metropólis. En La guerra en Sudáfrica: sus causas y efectos, Hobson argumentó que Johannesburgo era la “Nueva Jerusalén”. Se ha trabajado mucho sobre el antisemitismo en la guerra de los bóers y se ha intentado discernir la diferencia “entre los judíos” reales “y los estereotipos culturales hostiles de la época”. Se cree que parte del aumento del antisemitismo surgió de mayores temores y preocupaciones nacionales. Los historiadores Bar-Yosef y Valman argumentan, “escribir sobre el judío no sugiere tanto un odio atávico a los judíos en sí mismos”, sino más bien un “profundo temor moderno sobre el dinero, la democracia y nación en el mundo contemporáneo”. La desconfianza al desenfreno capitalista que se desencadenó en una guerra controvertida encendió las preocupaciones de Hobson, Burns y otros, que luego proyectaron sus sentimientos en el tan conveniente viejo chivo emisario del judaísmo.

Nunca se sabrá el número exacto de judíos que sirvieron en el lado de los bóers, pero es probable que alrededor de 250 lucharan en los comandos (incluyendo al menos una docena de personal médico) y quizás otros cincuenta sirvieron en una capacidad de reserva, por ejemplo, en los diversos guardias de la ciudad y en los campos de prisioneros de guerra (al menos dos judíos se encontraban entre los que custodiaban a Winston Churchill). Una docena de personas murieron en acción y tres murieron de enfermedad en cautiverio. La mayoría de los judíos que lucharon por los bóers no lo hicieron más ni menos voluntariamente que los otros individuos convocados a la lucha. Todos fueron reclutados y aquellos judíos que tenían derechos de ciudadanía fueron enviados junto con todos los demás. Sin embargo, hubo un número que sirvió por elección, incluyendo una docena de estos incluidos entre los 2100 voluntarios europeos que salieron a luchar en el lado de los bóers. Leopold Lewe fue uno de esos voluntarios. La antipatía hacia el imperialismo británico fue ocasionalmente un motivo para que los judíos se unieran a los bóers. Nathan Kasrils, abuelo del político, escritor y director de cine Ronnie Kasrils, se opuso fuertemente al imperialismo británico en general y a Cecil Rhodes en particular. Evidentemente, luchó del lado de los bóers en algún momento cuando su sobrino, Joel Tobias, recordó haber visto un certificado del general de la Rey que lo describía como un ‘francotirador y espía’ (‘skerpskutter en spioen’). La mayoría de los bóers judíos eran de origen lituano y los demás eran holandeses y alemanes. Solo un puñado, incluidos los hermanos Baumann Herbert y Otto de Bloemfontein, habían nacido en una de las repúblicas Boer. La alta proporción de judíos holandeses fue el resultado de que el presidente Kruger alentara a los holandeses a establecerse en la región durante la década de 1890, en parte con el fin de contratarlos para su servicio civil. Pocos se identificaron activamente como judíos. Lamentablemente, una grieta creció entre judíos y afrikaners tras la amarga secuela de la derrota de los bóers, en gran medida porque el antisemitismo se convirtió en un tema persistente en el discurso político afrikaner durante casi medio siglo. El movimiento de los judíos fuera de las llanuras hacia las ciudades también provocó un mayor distanciamiento entre los dos pueblos. Las reminiscencias de los pioneros judíos en Sudáfrica demuestran constantemente la relación amistosa que existía entre judíos y afrikaners antes de la guerra de 1899-1902. La lealtad de los veteranos judíos boer a la causa afrikaner permaneció constante, a pesar de la aparición posterior de elementos antisemitas entre sectores de esta población. Y esta historia continúa…