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‎21 Elul 5779 | ‎21/09/2019

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Los judíos de Oriente (3ª parte): en el Imperio Persa

Los judíos de Oriente (3ª parte): en el Imperio Persa

MILÍM: LA HISTORIA DE LAS DIÁSPORAS, CON ALICIA BENMERGUI – El todopoderoso imperio babilónico también cayó. Quienes los derrotaron fueron una confederación de tribus que llegaron del norte, los persas. Éstos no sólo se apropiaron de las ciudades, los bienes, los rebaños y los pastos. También hicieron suyas tradiciones, imágenes, formas de representación, cultos y rituales. El territorio que ocuparon se llamó Irán que significa “ario”. Eran de origen indoeuropeo, no eran semitas como lo fueron los asirios. Los persas constituyeron en poco tiempo al que se conoce como al primer imperio universal de la historia.
Los judíos habitaban en esos territorios. Durante la forzada reclusión a la que habían sido sometidos por los babilonios, los judíos se habían prometido no olvidar a Jerusalem; por eso uno de los salmos cuenta que “Mientras moraban a lo largo de las costas de Babilonia, los judíos lloraban juntos recordando a Sión”. Algunos textos históricos basados en fuentes creíbles sostienen que parte de la población exiliada y trasladada forzosamente por Nabucodonosor regresó de manera fragmentada a Jerusalem entre los años 530 y 445.
Igualmente aquellos que volvieron era una minoría, hasta que el emperador Artajerjes envió un grupo encabezado por Zorobabel (Zerubabel), Esdras (Ezrah) y Nehemías (Nehemia) para que se procediera a la reconstrucción de la muralla y del Templo de Jerusalém, porque era un sitio vulnerable que podía ser fácilmente invadido por los enemigos del Imperio Aqueménida.
Las reformas de Ezrah sentaron las bases del judaísmo, en tanto que las de Nehemia se dedicaron a la reconstrucción de la ciudad y del Templo. Según el historiador Mario Liverani, con la llegada de los repatriados se reconstituye un “núcleo nacional” judaico. Para este historiador, los deportados habían pertenecido a sectores importantes de la población, a los círculos palaciegos, a los sacerdotes y escribas del Templo y a los dueños de las tierras.
Las reformas de Ezrah establecen con toda claridad los deberes a los que estaban sometidos los judíos, el mantenimiento del shabat, los rituales de pureza de la alimentación y la muerte. La obligación de la circuncisión, práctica común a todos estos pueblos de la Media Luna Fértil, que para los judíos desde ese momento es la señal del Pacto entre Dios y el Pueblo de Israel. Ezrah designará como “Pueblos de la Tierra” a todos aquellos que se quedaron en el territorio que tuvieron que abandonar los deportados: samaritanos, edomitas, amonitas.
De esta manera, y con la obligación para los israelitas de contraer matrimonio sólo con las mujeres de su pueblo, obligando al divorcio de todos aquellos que lo habían hecho con las mujeres de los “Pueblos de la Tierra”, se traza una línea de exclusión y separación entre los israelitas, que reconocen y observan la ley divina, y los que no lo hacen.
En ese enorme territorio que abarcó el imperio persa, el arameo se convirtió en la lengua hablada por todos y la escritura dejó de ser la cuneiforme para adoptar el alfabeto hebreo o el fenicio, que eran semejantes. La religión practicada por los persas era el zoroastrismo, pero los persas autorizaban las prácticas religiosas de las poblaciones sobre las que ejercían su dominio. Es importante señalar que existen en los textos bíblicos pruebas de las influencias ejercidas por aquellos que vivían en contacto con el zoroastrismo. Especialistas en estos temas señalan que la existencia de los ángeles o las concepciones sobre el destino de los muertos son algunas de las pruebas de ese influjo sobre las creencias y prácticas del judaísmo de aquellos tiempos.
Tal vez la existencia de los judíos dentro de este inmenso imperio persa que luego cayó en manos de un nuevo vencedor, Alejandro Magno, le permitió al judaísmo mantener su cohesión, su identidad y su permanencia a lo largo de estos siglos de guerras y opresión. Y esta historia continuó…