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‎20 Tishri 5780 | ‎18/10/2019

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Sefarad: exilio y clandestinidad (7ª parte): a Bayona

Sefarad: exilio y clandestinidad (7ª parte): a Bayona

MILÍM: LA HISTORIA DE LAS DIÁSPORAS, CON ALICIA BENMERGUI – Los cristianos nuevos que llegaron de Portugal y España a mediados del siglo XVI a Francia lo hicieron con la autorización del rey francés. Cuando se instalaron lo hicieron como marranos o cristianos nuevos. También se autodenominaban Nación Portuguesa, o Nación Judía, o La Nación: los otros los llamaban simplemente extranjeros. Estos judíos que habían huido de las sospechas y de la Inquisición, tanto de la española como de la portuguesa, se habían establecido desde hacía varios años primero en Biarritz, que era sólo un pueblo de pescadores, y luego en Saint-Jean de Luz. Allí tuvo lugar en marzo de 1619 un trágico incidente, cuando un cura repartió las hostias en la misa. La gente que estaba allí vio que una mujer, luego de aceptarla, escupió en un pañuelo. Esto determinó su detención y apresamiento, pero el populacho la arrancó de la prisión y la quemó viva. Ante este hecho, toda esta población cristiano-nueva decidió abandonar un lugar tan potencialmente peligroso y se marchó en busca de lugares menos amenazantes para su existencia.
Así fue que llegaron al pequeño señorío de Espíritu Santo (Saint Esprit), que estaba en la orilla derecha de la desembocadura del río Adur, justo enfrente de Bayona y que creció la suficiente para convertirse en una ciudad con la prosperidad que trajeron estos recién llegados. Sintiéndose más seguros, estos cripto-judíos comenzaron a judaizar, cierto que secretamente, pero el resto de la población sabía que eran judíos. Sus descendientes fueron abiertamente judíos. A pesar de que cuando llegaron lo hicieron como cristianos nuevos, por simples sospechas, no se les permitió instalarse en Bayona, donde sólo se les autorizó a participar en el comercio mayorista.
Pese a los recelos y a los obstáculos que les interpusieron, estos judíos sefardíes tenían relaciones con Ámsterdam y participaban en el comercio de especias y cacao en grano. Trajeron con ellos y aportaron un secreto que contribuyó a la riqueza de esta gran ciudad: la fabricación del chocolate. Algunos de ellos fueron importadores de lana, azúcar y pimienta, y participaban en la venta de textiles al por mayor en Bayona; otros, menos visibles, pero tal vez más numerosos, se ganaban la vida en muchas actividades más pequeñas. Algunos, sobre todo al principio, vendían sus mercancías a crédito, también a los ciudadanos de Bayona. Otros abrieron tiendas, donde vendían telas al por menor, calcetines, sombreros, agujas y otros productos de la misma clase, mientras que otros instalaron talleres de chocolate, tabaco, jabón y cuero.
Su presencia atrajo a otros migrantes del campo y cercanos de los valles pirenaicos, y este aumento de la población dio lugar a una gran actividad económica que produjo la envidia y resentimiento de la población de Bayona. Una de las maneras que encontraron de participar en esta actividad y competir con los judíos fue la compra de casas y propiedades en Espíritu Santo. Pese a que los judíos no podían vivir en Bayona ni participar en la venta minorista, todos los días iban a la ciudad. Los pañeros agremiados, por supuesto no judíos, se resintieron de esta presencia que les dificultó también la venta mayorista, lo que determinó la asociación de judíos y cristianos que prestaban su nombre, o sus comercios, para que los judíos realizaran sus actividades mercantiles.
Unos documentos existentes en la municipalidad de Bayona, del año 1761, registran las recriminaciones a los judíos de Espíritu Santo por la transgresión simbólica que cometían los que habitaban en hermosas casas, cuando al atardecer, cruzando el río Adur, imponían su presencia, su religión y su éxito social. Dejaban deliberadamente abiertas sus persianas y cortinas en la noche del viernes para que los cristianos de Bayona vieran la luz de sus velas sabáticas. Las familias sefardíes de Espíritu Santo tenían parientes y aliados no solo en Peyrehorade y en Burdeos, sino también en Ámsterdam, Londres y Hamburgo. Cuando una chica se iba de Espíritu Santo acompañada por su hermano para casarse en cualquiera de esas ciudades, no estaría sola, se reencontraría con amigos y parientes. Estos 600 judíos sefardíes a principios del siglo XVIII formaban parte de una comunidad mucho mayor; estaban relacionados de alguna manera con los que habían quedado en España y en Lisboa en especial. Pero también con los de la Europa Atlántica, las islas del Caribe y las costas de América.
Mientras que para sus vecinos cristianos de Espíritu Santo el resto del mundo era visto como distante, extraño o amenazador, para estos sefardíes que veían llegar emisarios de Tierra Santa, que tenían parientes desde Hamburgo a Jamaica y, a través de Londres y Ámsterdam, aliados en todas partes, este amplio espacio no era visualizado de la misma manera. Más allá del ámbito familiar que compartían con toda la gente del área urbana, tenían otro espacio familiar, uno específicamente judío y mucho más grande que el de sus vecinos. Ese era el de la gran diáspora sefardí. Y esta muy larga historia continúa…