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‎19 Heshvan 5780 | ‎16/11/2019

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Judíos en Segovia

Judíos en Segovia

SEFARAD PASO A PASO, CON ANUN BARRIUSO Y JOSÉ MANUEL LAUREIRO – No podemos establecer una fecha concreta en la presencia de judíos en la ciudad, hay quien sitúa esta presencia en tiempos del emperador Adriano. Autores como Baer, indican que este es el lugar al que se refiere el cabalista Ya´acob Hacoén, muerto a finales del siglo XIV cuando hablaba de “la comunidad de 65 familias que oraban allí hacía más de cien años”.

Hay documentos que atestiguan que los judíos vivían en el centro, en casas del cabildo catedralicio, al que pagaban un alquiler y muy probablemente sus antepasados, ya vivían allí durante la dominación árabe.

Lo que si podemos establecer, es que a partir siglo XIV y sobre todo en el siglo XV, la presencia judía es notoria, pues en este siglo es el lugar de residencia del cabalista Yacoq Chicatilla, el Contador Mayor de los reyes católicos, Abraham Senior y su cuñado Meir Melamed.

Aporta una gran singularidad” a la presencia judía en Segovia, una serie de leyendas, algunas sobre conversiones y otras sobre crímenes rituales.

En cuanto a conversiones tenemos la de María del Salto. En pocas palabras, trata de una judía llamada Esther, a la que la aljama decide despeñar desde lo alto de Peñas Grajeras (un monte cercano a la ciudad), pues es acusada de mantener relaciones con un caballero cristiano. Parece que la desdichada Esther se encomienda a la Virgen y que ésta tuvo piedad de ella, ya que cuando la familia fue a recoger el cadáver, la encontró rezando. Posteriormente fue bautizada en la catedral, adoptando el nombre de María del Salto y se consagró de por vida al servicio del culto.

En cuanto a crímenes rituales, Alonso de Espina, un converso autor de una tremenda obra, Fortalitium Fidei, relata una historia inventada, que tiene como finalidad perjudicar a la comunidad judía.

En 1415, los judíos segovianos son acusados de profanar la hostia consagrada, siendo uno de los malhechores Don Meir Alguadex, médico del rey Enrique III. Alonso de Espina, cuenta que cuando se le interrogó y fue sometido a tormento, no sólo confesó este delito, sino también otro anterior: el de haber envenenado a su rey.

Cuando esto se publica, los hijos y nietos de Don Meir todavía figuraban en los libros de la corona, como exentos de ciertos impuestos de gracia por los servicios prestados al rey por este médico.

Todo ello, a pesar de carecer de verosimilitud, pasó al acervo popular, de tal manera que hasta hoy se celebra la Fiesta de la Catorcera, en la que se recuerda el castigo a los profanadores.

Otra acusación de crimen ritual es la que se produce en 1485 contra Yuce Talavera, que termina siendo ajusticiado por el asesinato de varios conversos a manos de judíos. Posteriormente se demuestra que no hubo tal crimen, sino que los conversos, cansados de los ultrajes de los que eran objeto, deciden “desaparecer”, cambiando de apellidos.

En Segovia, en 1483, fray Tomás de Torquemada, prior dominico del convento de Santa Cruz de esta ciudad, es nombrado por los reyes y por el papa, Inquisidor general, con autoridad sobre todos los reinos de Isabel y Fernando.

De ese mismo convento sale otro dominico, que en 1485 comienza unas prédicas antijudías, que obligan al propio Abraham Senior a enviar cartas de queja al tribunal supremo de la corte, establecida en Valladolid.
A pesar de la autoridad de Senior y aunque amaina un poco la tempestad, el alcaide de Segovia prohíbe “el pan cenceño”, es decir el pan ácimo o matzá.

Pero pasemos a hacer un recorrido por la Segovia judía.
El eje del barrio era la calle Mayor, que lo atravesaba de oeste a este y que en la actualidad corresponde, en parte a la calle Judería Vieja.

Esta calle confluye con la actual Plaza del Corpus, donde se encuentra uno de los siete arcos de ladrillo que cerraban la aljama. En esa misma plaza, nos encontramos con la Sinagoga Mayor, actual iglesia del Corpus Christi, perteneciente al convento de las monjas clarisas.

La existencia de esta sinagoga está datada por primera vez en 1373 y parece que pasó a ser templo cristiano en 1419, a raíz de la supuesta profanación de la hostia consagrada que habría tenido lugar en ella.

La historiadora Yolanda Moreno Koch, aporta documentos sobre la existencia de siete sinagogas en la ciudad.

La planta del edificio consta de tres naves, divididas por arcos de herradura y con pilares octogonales que se rematan con grandes capiteles de yeso, decorados con roleos y piñas.

Por encima de cada una de estas arcadas, hay una pequeña arquería compuesta también por arcos de herradura, que constituían la zona de oración de las mujeres.

Si continuamos por la Calle Judería Vieja, llegamos a la calle Puerta del Sol, que descendía al Postigo de la Judería, situado en la muralla.

En el número 14 de la calle Judería Vieja, nos encontramos con la Casa-palacio de Abraham Senior , del que simplemente diremos que ostentó los cargos de Juez Mayor de las aljamas de Castilla y el de Arrendador mayor de las Rentas Reales.

Posteriormente, este palacio fue ocupado por la familia Coronel, descendientes de los Senior, pero que en el momento de la conversión cambian el apellido.

En la fachada de la casa podemos apreciar un blasón “picado”, es decir, borrado como castigo por su complicación en la revuelta comunera, pues Juan Bravo, que encabezó a los comuneros en la ciudad, en oposición al emperador Carlos, estaba emparentado con los Coronel.

Aquí se ha establecido un Centro de Interpretación de la Judería, que nos muestra en su planta baja una serie de aspectos religiosos y en su planta superior, una serie de detalles sobre las principales fiestas judías.

Continuando por la calle Judería Vieja, tomaremos la calle santa Ana, que sale a su izquierda y llegaremos a la actual Calle Barrionuevo, que antiguamente era la Plaza del Caño y que constituía el lugar más importante de la aljama segoviana.

Aquí podemos encontrar la casa de Simuel Denan, con un hermoso patio desde el que se puede contemplar el cementerio judío.

Caminando un poco más, llegaremos a la Calle de San Geronteo, donde se encuentra la Sinagoga de los Ibáñez de Segovia y en la actualidad, el colegio de Las Jesuitinas.

Esta sinagoga vino a tomar el nombre de Mayor, cuando la sinagoga a la que nos hemos referido antes, pasó a ser iglesia del Corpus Christi.

La planta de esta sinagoga era rectangular, con orientación este-oeste, situándose la cabecera hacia Jerusalén. Se accedía a ella a través de un patio, como era la costumbre en la época.

De ella se conservan los muros, parte de la techumbre y sobre todo su cabecera, de apreciable influencia musulmana. En 1982, se puso al descubierto un miqwé o baño ritual adosado al edificio.

Continuando en nuestro paseo llegamos a la Calle de la Almuzara, otro centro neurálgico de la aljama. Aquí se encontraba, en la actual plaza de la Merced, la llamada Sinagoga Vieja, que en 1412 fue cedida a los mercedarios en un trueque por otros terrenos, ya que en esa fecha se promulga la Ley de Apartamiento por la que los judíos son conminados a vivir apartados de los cristianos.

En esta zona también encontramos un almidrás y una carnicería.
Por último no debemos dejar de visitar el cementerio judío, se encuentra extramuros de la ciudad, en la ladera sur del río Clamores.

Este lugar es conocido como “El Pinarillo”. En él hay dos tipos de enterramiento, aprovechando las ventajas de la orografía. En un primer modelo se utilizan las cuevas formadas por la naturaleza, tras ser ampliadas y acondicionadas y un segundo, corresponde al modelo de fosas antropomórficas.

Los sepulcros están orientados de este a oeste y en todos ellos se encontraron esqueletos intactos, en posición supina y mirando a oriente.

Si hemos conseguido, con nuestro relato, atraer toda la atención que se merece esta bella y singular ciudad, aconsejamos la lectura de “El último rabino” de Enrique de Diego, uno de cuyos párrafos dice:

“Abraham Seneor se despojó de su manto de oraciones, tras recitar la de la mañana, tefil.lat saharit, y la oración por los difuntos, Kadish, por sus padres y su esposa Esther.

Se ajuntó en gorro de terciopelo negro. Se caló los guantes, estirando fuerte hasta acomodarlos a los dedos.

Esperó en la puerta a que trajeran la pollina.

Los copos de nieve se mantenían suspendidos en el aire. Se depositaban en calles y tejados como deslizados desde la bóveda celeste por una enorme y delicada mano.

Saludó a sus vecinos. A Isaías, el médico. Al carpintero, cuyo martillo sonaba acompasado. La judería se desperezaba ante un nuevo día de trabajo…”